Es seguro que los seres humanos se idenfican con un grupo.

Cuando no lo hacen están jodidos, están para encerrar.

Lacan

Reconocer la identidad de alguien o de algo, identificar, describir, fichar, igualar, unificar… es solo el inicio de una larga lista de significantes que se articulan unos con otros (S1-S2) como solo el diccionario lo sabe explicar. Sin embargo para el psicoanálisis, se trata de otro orden de identificación, de otro orden de identidad, que los AE saben transmitir como identidad-sinthomal. Entonces, por un lado tenemos los puentes “entre” S <> I y por otro lado, -no sin el consentimiento a dejarse enseñar por lo real- está la dimensión de causa, corazón del goce, que un analista recoge en su acto, un acto que opera por “no pensar” (1).

En 1967 Lacan hizo una pregunta que quizá “aguarda pero no espera nada”, se preguntó públicamente si una Escuela, además de trabajadores decididos sería una Escuela de analistas. Pero un analista no se identifica con otro Analista, y menos por su autodeclaración, su demostración con sus muchos años, su larga lista de espera, sus libros, o su consultorio lleno. El acto psicoanalítico, ni visto ni conocido fuera de nosotros, lo suponemos desde un momento electivo cuando la suerte que se abre en un análisis, un antes y un después –alea jacta est– reverbera la luz de una apuesta.

En psicoanálisis hay ciertas antinomias a despejar, una de ellas es “entre” la pulsión y el trayecto analítico, trayecto que como algunas cartas no siempre llegan a destino. Pero una vez leída -la fonetización de los significantes del Otro/que no existe- queda lo que pasa en cada transmisión de AE. Ellos, los analistas nos pasan su recomenzar, que renueva el discurso analítico y abre una posibilidad de enlazar nuestras lecturas contemporáneas de lo que segrega la maldición del Yo soy y el Todos somos.

Cuando Lacan propuso el pase, el mismo año de la Proposición de Octubre del 67, dictó su Seminario sobre El acto analítico. Ese año, el 15 de noviembre de 1967 dice “Elegí este año como tema al acto psicoanalítico, una extraña pareja de palabras que, a decir verdad, hasta ahora no está en uso” (2). Un mes más tarde Lacan escribe La equivocación del sujeto supuesto saber (3), allí señala que toda una parte de su enseñanza no es acto analítico, sino tesis y polémica inherente sobre las condiciones que redoblan la equivocación propia del acto, con un fracaso en sus consecuencias. “La suerte dirá si él sigue preñado del porvenir que está en manos de aquellos que he formado” (4).

¿Qué puede decirse de todo psicoanalista que no vuelva evidente que por eso mismo ninguno lo es? (5) Es la apuesta que enseña un análisis, como el mar, a recomenzarse siempre. Serán las sorpresas del acto del analista, que una vez consienta a rebajar las identificaciones, sin el afán de odiar los semblantes, ni de idealizar las identificaciones; feminice en su singular identidad sinthomal.

Es cierto que no hay más del Otro y que sí hay de lo Uno; pero también es cierto que ningún sujeto puede sostenerse sin algunas simples identificaciones, sino -como advierte Lacan- estaríamos todos para encerrar.

Raquel Cors Ulloa (NEL). Santiago, 6 de Noviembre de 2017.

 

  1. Lacan, J., “El acto psicoanalítico”, en Otros escritos, Paidós, Buenos Aires, 2012, p. 397.
  2. Lacan, J., “El acto psicoanalítico”, inédito.
  3. Lacan, J., “La equivocación del sujeto supuesto saber”, en Otros Escritos, Paidós, Buenos Aires, 2012
  4. Ibíd. P. 359.
  5. Lacan, J., “El acto psicoanalítico”, p. 399.

 

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