La biopolítica, en su pasión por curar (y controlar) a la población en nombre del bien común y del cálculo de lo mejor (1), no cesa de producir falsos nombres para el sujeto. Nombres porque designan algo muy real, algo que habla de cómo cada uno se vincula al otro a través del cuerpo, una satisfacción en esa manera de agitarse, de despistarse o de desvanecerse. Nombran el modo de goce del ser hablante. Pero a la vez falsos porque su ser no se reduce a esa categoría cerrada. La operación de la biopolítica implica etiquetar ese goce que se sitúa en el cuerpo como sustancia gozante, e identificarlo mediante el naming.

¿Quién no tiene hoy un trastorno al que agarrarse para nombrar su malestar particular? El DSM V nos proporciona un amplio abanico de posibilidades. Una vez convenientemente etiquetado, se trata de inyectar la máxima significación para que la vida del sujeto se resignifique a partir de ese dato (hiperactividad, bipolaridad, autismo). Junto a ese sentido nuevo se proporciona también una pauta de actuación, protocolo rígido de monitorizaje, que puede ir acompañado de medicación o de psicoeducación (autoayuda, coaching, mindfulness, aprendizaje socioemocional) o de ambas a la vez.

Estas comunidades de goce tienen una utilidad evidente al normalizar la “anomalía” que nombran. Se erigen como defensa contra la soledad de lo inclasificable de cada uno de nosotros. La norma es aquí una defensa contra lo real de nuestra manera, siempre singular y “anómala”, de gozar y estar en la vida. Una respuesta a la urgencia subjetiva que toda crisis identitaria implica (2).

Las soluciones propuestas hard (medicación) o soft (relajación) son individualistas, aunque sean a veces universalizables, y apuntalan la “normalidad” del sujeto como un nuevo valor moral, ahora ya no en nombre de valores religiosos o políticos sino supuestamente científicos. Normal aquí se refiere a una escala de desarrollo normativo a partir de la cual cada uno encuentra su lugar en función de sus déficits o de sus excesos. Todos ellos conceptualizados como trastornos.

Lo inclasificable es nuestra marca original y la primera respuesta del sujeto, que cada vez constatamos más ampliamente, es el rechazo a esa reducción de su singularidad a la categoría universal. A veces lo hace de forma violenta, confrontándose al profesional o a la institución que lo etiqueta, y otras de forma más sutil e incluso ingeniosa. Muchos rechazan parte del protocolo y se niegan a seguir viniendo o a tomarse la medicación. Otros interpretan, en su lengua, el nombre para hacerlo suyo.

Es el caso de un niño, diagnosticado de TDAH que, al escucharlo en boca del psiquiatra cuando se lo comunicaba a la madre, decidió adoptarlo como su nuevo nombre, TACHE, apodo con el que creía tranquilizar a la madre que fantaseaba una problemática más grave para su hijo (psicosis).

Otras veces utilizan el protocolo con otros objetivos como una paciente, madre de dos niños, que decidió utilizar el conocido método Estivill (3) para calmar a su marido –un “científico” como le decía irónicamente- que sólo aceptaba evidencias. De esta manera trataba de evitar una ruptura de pareja a cuenta de las dificultades de su segundo hijo para conciliar el sueño.

En cualquier caso, esta pasión actual por el naming introduce nuevas formas de sufrimiento ligadas a la segregación que producen además un desarme moral del sujeto al des-responsabilizarlo de sus propios actos y dichos. El sacrificio que se les pide no es poco: renunciar a su singularidad para obtener un lugar social segregado en base a su modalidad de goce.

José Ramón Ubieto.

 

  1. É. Laurent . “L’espoir du meilleur et la rumeur du pire”. En Lacan Quotidien n° 686. 5 mai 2017.
  2. É. Laurent. Urgencias subjetivas de la guerra en tiempos de paz (17/11/2015).
  3. E. Estivill. ¡A dormir!: el método Estivill para enseñar a dormir a los niños. Barcelona: Plaza y Janés 2012.

 

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