“Hikikomori”: Térmimo japonés que significa literalmente: “apartarse, estar recluido”, con el que se designa el fenómeno del aislamiento social.

De un tiempo a esta parte, llegan a mi consulta, cada vez con más frecuencia, adolescentes y jóvenes, con una misma afinidad: el gusto por el manga, anime en castellano, sus vidas se han organizado alrededor de esta pasión, ya desde la infancia. Se han convertido en expertos jugadores de videojuegos que atesoran un extenso saber sobre lo que voy a llamar el mundo del anime, muy atentos a las nuevas versiones. Sus estéticas también son peculiares, evocando a sus personajes preferidos. Aparentemente el mundo virtual es el único que les interesa y frecuentemente también hacen ellos sus producciones, sus dibujos, que comparten a la vez en este espacio virtual. Pertenecen, desde la soledad de su habitación a una gran comunidad global, con la que intercambian opiniones, comentarios, no faltan las disputas, a través de los foros en común o de sus blogs. Parecen vivir en un mundo perfecto.

Pero la llegada a la consulta del analista es el momento en el que se ha evidenciado una crisis; de las maneras más diversas pero en las que son frecuentes formas agudas de estados depresivos, ideas suicidas, pensamiento de indignidad, de inutilidad. Se hace patente entonces la fragilidad simbólica en la que se sostenían. Son momentos de crisis que hacen emerger lo más real de su síntoma. Frecuentemente coincide con el inicio de Instituto, o de los estudios de Bachiller. Aunque algunos de estos jóvenes cursan ya estudios superiores para dedicarse profesionalmente al mundo anime.

He tomado esta fenomenología, que también podríamos llamar estilos de vida o comunidades de goce, como ejemplo, para abrir la pregunta sobre las nuevas identidades por el sesgo de la diferencia entre las identificaciones imaginarias y las simbólicas.

No cabe duda de que lo simbólico ya no es lo que era y que la homologación de lo imaginario, lo simbólico y lo real propuesta por Jacques Lacan en su última enseñanza es acorde a las manifestaciones actuales y nos orienta para entender la regulación de los vínculos sociales y la relación con el propio cuerpo.

Si bien la primera consistencia imaginaria nos la da nuestra propia imagen especular, lo que será la base de las sucesivas identificaciones, está sostenida en un registro inestable, cambiante y agresivo, agresividad que puede volverse en contra del sujeto.

En cada tratamiento, en cada caso, habrá que posibilitar la puesta en marcha de los recursos simbólicos de los que cada sujeto dispone para posibilitar un anudamiento que haga más estable el mundo subjetivo.

Concha Lechón.

 

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