El sujeto femenino es particularmente susceptible de identificación por faltar un significante que la nombre. Y puede tender a adscribirse a comunidades de goce que le darán, no sólo una causa por la que luchar, sino también un nombre por el que reconocerse. “Nosotras, las feministas” o “Los derechos de las madres”, etc., son algunos posibles accesos a un significante de uso común por el que cada una se pueda representar. Queda claro que los derechos de las mujeres y de las madres no están en entredicho en esta reflexión.

En las mujeres no hay que descartar la identificación fálica. Es una manera de adquirir un nombre que supone un lugar y escapar al goce de la privación. De escapar a esa apuesta por el ser. De hecho, la identificación histérica y la identificación viril son maneras de preguntarse por el ser femenino. Sin embargo, la gran identificación fálica que es la madre, no necesita preguntarse nada. La madre directamente tapona la pregunta porque ella tiene lo que nadie más. Su precioso falo. Su hijo.

Al tiempo que me encontraba leyendo acerca de un grupo singular, las beguinas, me comentaron de otro grupo, actualmente en mi ciudad, practicantes peculiares del llamado “colecho”. Dos grupos que no pueden ser más diferentes.

Las beguinas fueron mujeres que desde el S. XI hasta principios del S. XX en que falleció la última de ellas, se unieron para poder ejercer su actividad piadosa y contemplativa en libertad. Es decir, sin el control de los hombres ni de la Iglesia. Antiguamente el único destino posible para una mujer era el matrimonio o el convento. Muchas mujeres profesaron en religión para buscar la libertad. Hoy puede resultar paradójico, pero en la Edad Media el convento era un consuelo para mujeres cuya función era la procreación con un marido elegido por el padre. Las beguinas no se sometieron a órdenes religiosas para no depender del criterio de la Iglesia aunque predicaban y actuaban como fervientes creyentes. Muchas de ellas fueron conocidas místicas. Son un claro ejemplo de amor a Dios. O simplemente de amor. Por esto y por la privación de los bienes por la que optaron se reconoce su esencia femenina. Como era de esperar no fueron bien vistas por los estamentos.

Por otro lado está el grupo del “colecho”. Sus defensores aducen que esta forma de crianza es habitual en otros lugares y en otros tiempos. Hay una vuelta a los antiguos modelos. El colecho significa criar a los hijos en un único lecho compartido con los padres durante años. Hasta este punto no es demasiado sorprendente. Las teorías de la crianza van cambiando. Los beneficios que aquí se defienden son la lactancia libre y el vínculo que se genera entre madre e hijo.

Y ahí es precisamente donde aparece lo curioso del grupo al que me refiero. Si el niño no quiere al padre en la cama, éste es expulsado de ella y posiblemente de la familia. O se va voluntariamente. Así se ha generado un grupo de mujeres, orgullosas de su independencia como madres y del vínculo exclusivo con su hijo. Para fortalecer el vínculo se amamanta al niño hasta una edad avanzada. Es llamativo el grupo de madres e hijos, hijos que se acercan a ellas en cualquier momento, les retiran la ropa y se abastecen a su gusto.

Dos series de mujeres que han hecho elecciones subjetivas totalmente diferentes. Unas por el lado del ser. Las otras por el lado del tener. “Nosotras somos…”, “Nosotras tenemos…”

Gabriela Alfonso, Junio 2017.

 

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