Cada día, en los últimos años, observamos la dificultad del hombre moderno a preguntarse por el ¿quién soy? , la pregunta del analizante.

Ante esa dificultad la respuesta siempre viene por la afirmación del “nosotros”. El ser hablante “encuentra identidades que la conmueven”, dice Enric Berenguer. Los políticos basan su influencia en su capacidad para conmover, hablan a las tripas, se dirigen a la angustia generalizada. Eso estoy comprobando en el acto de Moción de censura hoy martes 13 de junio, en España y en las últimas campañas electorales de los países europeos vecinos.

La soledad, la búsqueda del yo en el mar de las identificaciones crea demasiada angustia entre los individuos actuales. Se buscan raíces en los nacionalismos, populismos, religiones, grupos de Whatsapp, etc., ante la individualidad producida por el mundo globalizado, uniformizado. Otro “nosotros” aparece como retorno de lo reprimido.

Los analistas y analizantes lacanianos debemos hacer el duelo de ese “nosotros”. La identidad, desde la experiencia analítica, no es del orden del nosotros, que lleva a la segregación.

En La ilusión del nosotros, verdad del yo (je), Clotilde Leguil señala:

“Ni ideal a alcanzar ni norma a la que conformarse, la identidad en psicoanálisis se aborda a partir del Je (el yo que enuncia). Ese ‘je’ es el yo de la palabra y del lenguaje”. El yo que habla, da un lugar al inconsciente, que nos sorprende, ya que introduce una relación singular a la existencia, vía el síntoma.

El psicoanálisis toma en cuenta y acepta el campo del Otro, el discurso del amo, la política, las identificaciones sociales, dice Miller en Un esfuerzo de poesía, pero al mismo tiempo lo pone en tela de juicio pues apunta a un estatus del sujeto anterior a esa captura, intenta despertarlo del fading identificatorio.

El síntoma es lo que nos identifica y al mismo tiempo manifiesta un sufrimiento que obstaculiza la relación con nosotros mismos. Es un signo que hace mancha (lo oscuro, lo que no podemos nombrarnos…) en la existencia. Porque el síntoma lo que hace es reflejar la división que produce la pulsión en el yo.

Véase el lapsus de una analizante que dice: “Mi yo no estaba allí”. En un momento en que se queja de su destino y recuerda las veces que ha vivido esa experiencia infantil, dolorosa para ella: fijada en una fotografía de su padre mirando a su hermana, ambos adolescentes. Tía a la que ha creído toda su vida que debía sustituir: hermana del padre, fallecida adolescente, y de la que el padre no había podido hacer el duelo, poniendo su nombre a la paciente.

Ese yo queda sumergido en la experiencia de goce y produce la división del sujeto, junto a su queja. Ese “yo” surgido del inconsciente, sólo aparece como una falta, un menos.

Lo que conocemos en los testimonios del pase es que el analizante que llega al final, al otorgar al síntoma un valor de verdad sobre su ser, es llevado a constatar que ante la pregunta “¿Quién soy yo?” asume una pérdida. Esas marcas, inscritas en el cuerpo libidinal, del encuentro con el lenguaje, de las que el sujeto se ha visto “en su elección forzosa” compelido a hablar, se podrán nombrar ya que no borrar. Lo que fue perdido no será nunca encontrado, pero asumiéndolo, asumiendo esa pérdida, asume la “diferencia” que nos distingue de los pequeños otros y nos da nuestra singularidad. Eso, ese descubrimiento, permite ver en los AE que testimonian su momento de alegría, su encuentro con el “eras eso”.

Elvira Tabernero.

 

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