No hacía falta esperar a la aparición de los Estudios sobre el género (Gender Studies) para cuestionar la naturalidad de los géneros sexuales, como si estos fueran el fruto de una identidad implícita en el sexo biológico de nacimiento.

Ya Freud en sus Tres ensayos de teoría sexual, al tratar de poner un poco de orden en el confuso panorama de la concepción y clasificación de las perversiones de principios del siglo XX, realizó un importante avance al clarificar la homosexualidad, no como una inversión del sujeto respecto a su supuesta posición natural, sino como una variante en la elección de objeto. La distinción entre posición sexuada de sujeto y la elección de objeto dio al traste con la pretensión de la existencia de un tercer sexo (Ulrichs) y abrió también el camino para que el último Lacan escribiera sus fórmulas de la sexuación, con las que se da un paso más allá. Se distinguen entonces dos elecciones diferentes del sujeto que atañen a su posición sexuada y al objeto:

  1. La correspondiente a la sexuación masculina o femenina, de acuerdo con el modelo de goce fálico o no todo fálico del sujeto.
  2. La correspondiente a la sexuación masculina o femenina del objeto, es decir, la elección de objeto heterosexual u homosexual dependiendo de la sexuación del sujeto y de su abordaje del goce Otro.

A estas dos elecciones inconscientes hay que añadirle, por supuesto, la relativa a la de la causa singular del deseo de cada sujeto.

La combinatoria resultante de las posibilidades de elección de sexuación del individuo de sexo natural masculino o femenino y de las características sexuales del objeto, nos da un amplio abanico de posibilidades que va más allá de la simple relación entre el macho y la hembra y el modelo reproductivo.

Pero no sólo se trata de eso, sino que al hablar de elecciones inconscientes de goce podemos legítimamente preguntarnos si cabe pensar en identidades e incluso en identificaciones. Para los Estudios de Género masculinidad o feminidad no son identidades naturales, sino identificaciones de acuerdo con un modelo cultural contingente. Una elección subjetiva de tipo de goce no es, sin embargo, lo mismo que una identificación, aunque en algún momento puede servirse de ella para afirmarse. Tampoco es una identidad inamovible a la que el sujeto esté fijado necesariamente de forma excluyente. De lo que se trata es de un “sí” o un “no” del sujeto a un tipo de goce, independientemente de su sexo natural, y a una forma de gozar con el objeto con el que se produce el encuentro. Que “La/ relación sexual no existe” también significa esa variedad de posiciones del sujeto, del objeto y de su combinatoria.

La clínica actual no sólo pone de manifiesto la existencia de numerosos sujetos bisexuales y transexuales, sino también la de sujetos transgénero que pueden cambiar de una posición masculina a una femenina o al revés. Los “Gender Studies” han enfatizado esa posibilidad como acto revolucionario contra la asignación natural o cultural de géneros. Al psicoanálisis, sin embargo, le corresponde la tarea de estar a la altura y de tratar la cuestión desde la perspectiva del goce, con toda la seriedad que el tema y sus consecuencias implican. Es decir, en su dimensión ética que implica no limitarse al cuestionamiento de ideales sociales, sino tener en cuenta lo real en juego. Eso significa olvidarse de los prejuicios que el analista pueda tener, de los ideales que en lo social pueda defender y estar advertido de que al parlêtre el goce sólo le es transitable en la dimensión del sinthome.

Eduardo Gadea.

 

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