El pintor italiano Girolamo Francesco Maria Mazzola (1503 -1540), llamado il Parmigianino, fue uno de los máximos exponentes del manierismo.

Con 20 años se traslada a Roma y lleva consigo este autorretrato como muestra de su maestría y con el que busca interesar al papa Clemente VII.

Parece que en esta obra el pintor nos invita a asomarnos a la intimidad de su taller, poder contemplar un momento de su trabajo. Pero esto no es más que un señuelo, pues la utilización del espejo convexo introduce una atmosfera de cierta extrañeza en la contemplación del cuadro.

No es el pintor, sino que somos nosotros los que, de pronto, nos vemos sorprendidos ante la emergencia de la mirada. Como señala el poeta estadunidense John Ashbery en su poema Autorretrato en espejo convexo (1975): “Lo hemos sorprendido/ trabajando, pero no, él nos ha sorprendido/ mientras trabaja” (1).

Una mirada que al igual que la estrella polar organiza el caos del espejo redondo, y que al decir del poeta muestra los secretos de un alma cautiva, en la que se produce una combinación “de ternura, de gozo y de tristeza, tan poderosa/ en su contención que no es posible mirarla mucho tiempo” (2).

Con este efecto del espejo, el artista logra convertir lo más familiar, lo más intimo, en extraño, unheimlich, pues emerge en la superficie especular la alteridad del semejante que nos habita: “Esta alteridad, este/ ‘no ser nosotros’ es todo lo que podemos/ ver en el espejo, por mucho que nadie sepa” (3).

Hiancia subjetiva que anida en nuestro sentimiento de ser nosotros mismos, y que nos deja cautivos ante la imagen del otro.
Enviado por Julio González.

  1. Traducción de Julián Jiménez Heffernan. Publicada en DVD Ediciones 2006.
  2. ídem.
  3. ídem.

 

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