Hace unos años, bajo el irónico título de “Un mundo feliz”, un periódico inglés mostró su preocupación por el hecho de que la añorada desaparición de las diferencias culturales mediante los mass media y las telecomunicaciones desembocó, paradójicamente, en el surgimiento de la intolerancia a otras culturas y naciones.

Después de los atentados en las escuelas americanas, numerosos jóvenes declararon en Facebook su felicidad por los asesinatos. Muchos de los que cometieron los atentados habían publicado, antes, mensajes de odio dirigidos a otros y a sí mismos.

Alemania, Francia y otros países intentan intervenir en el denominado “odio cibernético”, que muestra su cara más real en los “asesinatos suicidios”.

La dialéctica imaginaria con sus pasiones no alcanza para dar cuenta porque, el otro puede ser lo imposible de soportar para el sujeto.

Lacan retoma los desarrollos freudianos acerca de la constitución del sujeto para situar cómo la realidad depende y se constituye a partir del goce que es rechazado. Este goce es real y exterior al saber y a lo simbólico. Hay un goce que no es reconocido como propio, que permanece como un resto inasimilable para el sujeto. Este goce, inicialmente conceptualizado por Lacan como el objeto malo, es al mismo tiempo lo más íntimo y ajeno para el sujeto.

Interrogar los afectos nos permite aproximarnos al problema de la diferencia entre los afectos sociales y los del parlêtre. Los afectos articulan el cuerpo, el lenguaje y el goce. El goce es en el propio cuerpo, pero los afectos, por ser efectos del discurso, conectan con el Otro. El cuerpo es tomado en el discurso, y esto nos permite articular el cuerpo político y los afectos sociales. Eric Laurent señala que el cuerpo político es afectado por el discurso y puede experimentar angustia, amor u odio por su líder (1).

El amor y el odio tienen relación con lo real. El primero suple la “relación sexual que no hay”. El odio es más lúcido que el amor porque tiene como soporte, las unaridades, el Uno (2). El odio apunta a la diferencia absoluta: Te odio porque no gozas como yo (3). “Nada concentra más odio que ese decir donde se sitúa la existencia” (4), lo singular de un modo de gozar; por esto, el odio “es el único sentimiento lucido” (5). Sin embargo, no se trata de hacer un elogio del odio.

Como lazo social, el odio, sostiene una identidad a partir del rechazo de lo que no se sabe. Esta identidad se conquista en la prisa, la angustia precipita al hombre a identificarse como hombre, por miedo de que otro hombre lo convenza de no serlo, preso de una identidad sostenida en el rechazo de la diferencia (6). De ahí la tentación del llamado al Uno que unifique, al precio de más racismo y segregación. Tal vez por eso Lacan en 1974 pronosticaba, junto al desorden de lo real –causado por la ciencia–, el triunfo de la religión.

Patricia Moraga (EOL).

 

  1. E. Laurent, Pensar con su alma o hablar con su cuerpo. Texto original publicado en francés, Penser avec son âme ou parler avec son corps, en A l’une. Hebdo Blog, N° 69, 8 de mayo de 2016.
  2. J. Lacan, El Seminario, libro XXIV, L’insu que sait de l’une-bévue s’aile à mourre, lección del 10 de mayo de 1977. Inédito.
  3. J.-A. Miller, Extimidad, curso de la orientación lacaniana 1985-6, Buenos Aires, Paidós, 2010.
  4. J. Lacan, El Seminario, Libro XX, Aun, Buenos Aires, Paidós, 2014, p.147.
  5. J. Lacan, El Seminario, Libro XVIII, De un discurso que no fuera del semblante, Buenos Aires, Paidós, 2009, p.97.
  6. E. Laurent, Racismo 2.0, Lacanquotidien 371.

 

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