El siglo XXI ofrece un escaparate de síntomas.

Síntomas en el cuerpo, en la sexualidad humana, en los modos del goce, en los discursos jurídicos, en la moral. Y en las creencias, en las que hay que subrayar un aumento gravitacional del sentido, que va desde donde hoy se deposita la fe, hasta esa deriva líquida, blanda, indeterminada en la que desemboca la autoridad, hoy.

Uno no puede dejar de preguntarse: ¿quién lee esos síntomas?, ¿cómo se interpretan?, ¿cómo hacen con ellos los actuales saberes?

 

Sin duda, hay interpretaciones. A granel, según reza la vieja metáfora, que las hace depender de “el cristal con que se mira”.

Que la herencia, que la genética, que la alimentación, que las sustancias, que la revelación de los últimos descubrimientos celulares…. Sin olvidar los cambios en la climatología.

 

Muchas variables posibles, dado el cristal de sus aristas, intervienen en las múltiples interpretaciones. Tratan de dar cuenta de los síntomas que hoy muestran a un ser hablante que baja los brazos, desconcertado, agotado, exhausto ante la tarea imposible a cumplir, y que sucumbe a los nuevos espejismos que los discursos prometen, con tal de creer que por esa vía alcanzará, lo que le falta: que, en el fondo, no es sino una demanda de identificación que recubra esa falla en que se angustia. Un sujeto es el efecto de la suma de las identificaciones a las que se ha alienado forzosamente, en la diacronía azarosa de sus encuentros con el Otro, ese al que instituye como tal.

 

Pero las identificaciones, siempre con significantes, pueden ser falsos brillos con tal de servir para alojar la primacía de un real que no encuentra donde desembarcar.

Las salas de Salud Mental, oficiales, atestadas, dan cuenta de ese fallar de la identificación que anude de la buena manera (1): hombres, mujeres, jóvenes y adultos, niños y púberes piden auxilio ante eso que los interrumpe o que los empuja hacia no saben donde.

O, los pone ante esa vacilación que no cesa, que no se dirime, que impide todo actuar o empuja a los actos imprevistos, sin control ni gobierno, haciendo surgir nuevas figuras del mal.

 

Es una evidencia -cada vez más notable-, cómo esa angustia, ese malestar resultan más indiferentes al efecto real de la medicación con la que los expertos intentan, con verdadera ansiedad, responder a tales demandas.

Demandas que más bien parecen semejar El Grito de Munch: sin voz para hacer decir aquello que lo mueve, conmueve, agita, y que las inclina a plegarse a la anestesia de esa pizca de real. El fármaco, cual píldora divina, viene a caer en el agujero abierto de ese silencio, incapaz de hacerse oír. No hay quien escuche lo que así se presenta.

 

¡Pobre síntoma!

¡Acorralado por la promesa de la ciencia- otro nuevo amo- que le asegura que habrá ortopraxis, células madre potentes, nacimientos según un menú, envejecimiento erradicado, reparaciones fragmento a fragmento del cuerpo-organismo!

¡Pobre síntoma!

Mónica Unterberger.

 

  1. Lacan, J. El Seminario, Libro XXII, R.S.I., l975, inédito. La cuestión de la nominación, en sus tres registros a distinguir de la palabrería o de los falsos nombres.

 

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