La tendencia a la “clasificación de la clasificación” ha servido para tramitar lo Real y el sin sentido desde hace ya mucho, aunque no se nombrará de esta forma. Lo contemporáneo al respecto, no es tanto el empuje a la clasificación, que subjetivamente fija al sujeto en una representación psíquica, sino los efectos que genera en el campo de la “salud mental” (si es que un campo como tal existe); los distintos profesionales de la salud, algunos psiquiatras y psicólogos, hacen uso de la clasificación sin siquiera preguntarse al respecto. Es un hecho global, empezando por Estados Unidos, donde las implicaciones no alcanzan solamente el espectro del psiquismo de aquel que cae en una “clasificación” determinada, sino también tiene un alcance que en muchas ocasiones marca un destino para ese sujeto.

En varias ocasiones he recibido pacientes cuya presentación queda supeditada a un significante que portan como la pseudo explicación a sus impasses. Lo interesante es que si llegan a mi consultorio, esa etiqueta no alcanzó y probablemente sea posible abrir una pregunta que implique a ese sujeto en esa forma de padecimiento singular que lo ha hecho consultar a un psicoanalista. Finalmente, como señala Eric Laurent (El reverso de la Biopolítica, p.53) “la experiencia analítica es experiencia de palabra -podríamos decir que de entrada pone al sujeto a hablar de su síntoma”.

Invitar a alguien a hablar hoy en día es ya algo novedoso, no por la invitación a hablar de sí, sino por la escucha que ese hablar recibe. La escucha analítica, abre otro campo. Abre un campo en el que el tiempo no solo es Real, sino también lógico… en una sesión analítica tomar al tiempo cronológicamente hace obstáculo al dispositivo. Así mismo, introducir algo de este orden permite poner en entredicho el sentido supuesto y/o buscado detrás del sin-sentido superyóico que comanda hoy. Este sin-sentido me parece que es el que asusta en el campo de la “salud mental” y ante la falta de sentido que se pueda anudar a ciertas formas de presentación de hoy, los profesionales de la salud “necesitan” los diagnósticos hoy más que nunca, en un afán desesperado por nombrar lo innombrable. Y aquello que se hace innombrable para cada sujeto, no cesa ni se atrapa en un diagnóstico. Lo innombrable sólo puede esbozarse hablando, si y sólo si hay una escucha que no intente por la vía del sentido, sino más bien que se sostenga en el goce que subyace y como se anuda a ese cuerpo y a ese alguien que habla.

No obstante, la tendencia globalizante y uniformadora sujeta a las leyes del consumo y del mercado de nuestra época, tiende a intentar borrar estas diferencias, las diferencias que hacen que cada quien sea cada uno, uno por uno. Y las respuestas que se ofrecen supeditan una promesa identificatoria (una respuesta posible al ¿quién soy?) bajo la condición de que el sujeto quede alienado a determinado grupo, prometiendo “sentido de pertenencia”; así perteneces a un ‘grupo’ pagando con tu singularidad. Si todos somos iguales y nos identificamos entre nosotros mismos y tenemos la ilusión de nombrarnos bajo determinado significante, ahí si existimos.

Entonces, la proliferación de diagnósticos que se empalma con la sobre-medicación a toda escala, nos hace constatar la propuesta formulada en el argumento de las XVI Jornadas de la ELP “Vivimos en la actualidad una efervescencia de los fenómenos “identitarios” que se producen a muchos niveles, distintos, aunque articulados.” (1).

Isolda Arango-Alvarez (Lacanian Compass Miami, USA).

 

  1. Argumento XVI Jornadas de la ELP.
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