Judith Butler, destacada pensadora de la Teoría Queer, propone una teoría performativa de la sexualidad. Alejándose de las políticas de identidad, cuestiona que el nombre de mujer, pueda describir todo el abanico de la experiencia de las mujeres. Plantea interrogar lo que verifica la experiencia de ser mujer.

Sostiene que las feministas se equivocan al aseverar que las mujeres son un grupo con características comunes. Esto refuerza el punto de vista binario de las relaciones de género cerrando la opción de elegir la propia identidad sexual.

Prefiere posiciones que entiendan el género como relaciones entre sujetos constituidos socialmente en diferentes contextos. En vez de ser un atributo fijo en una persona, debe ser visto como una variable cambiante.

Que mujeres y hombres puedan decir que se sienten como una mujer o como un hombre, indica que la identidad cultural de género sea un logro. Afirma que el género es un actuar; lo que se hace en un momento particular, no un universal.

Lo esencial es que cuestiona que no hay identidad de género. La supuesta coherencia natural entre el género masculino y un deseo heterosexual en el cuerpo de un hombre se construye culturalmente a través de la repetición de actos de un cierto estilo durante el tiempo que establecen la apariencia de un núcleo ontológico del género. Importa lo performativo articulado a discursos reguladores incluidos dentro de técnicas disciplinarias coercitivas para que los sujetos actúen un cierto estilo.

Podría decirse: “los hombres no son chismosos”. Cuando un hombre profiera un chisme, escuchará, “parece una mujer”. Su decir lo determinará como sujeto cuestionando su masculinidad.

Eric Laurent en Piezas sueltas plantea que no se puede prescindir del realismo de la función paterna, de su lugar estructural necesario para interrogar el cuestionamiento de la identidad sexual abordando los estudios de género como teorías que prescinden del padre de la mala manera.

En su última enseñanza Lacan postula que el NP no define un universal ontológico sino un imposible. Mientras que el relativismo ilimitado piensa poder reabsorber la multiplicidad de las identidades de goce en la pluralidad de los géneros, sin resto.

El NP marca un residuo irreductible. El padre como función ya no es garante y será el nombre de aquello que permite nombrar la no relación sexual: el síntoma.

No es posible definir una semántica en la relación sexual. Esto marca un imposible que en ambos lados de las fórmulas de la sexuación especifica el límite.

Del lado masculino la función lógica del padre da el límite traducible como interdicción en tanto hay un goce al que no tendrá acceso.

Del lado femenino, el padre opera como límite vía el amor, un amor que no prohíbe, el del sujeto femenino al padre. El goce de ella introduce un amor que no prohíbe sino que relanza la cuestión del goce y del amor. Del lado femenino: amor y goce entrelazados.

Lo que Eric Laurent destaca en dichas clases es la importancia del intento de Judith Butler de deconstruir las identidades sexuales anteponiendo un interés sobre las prácticas de goce como tal, lo que es coherente con el abordaje femenino del goce.

La cuestión del goce femenino no solamente deconstruye las identidades, al punto que La Mujer no existe y es en el una por una que se aborda la cuestión de la singularidad de ese goce. Este una por una supone este amor dirigido al padre, que no es el un padre de la realidad, sino que toma su función de suplir a la relación sexual.

Funciona como el dios Jano al que hace referencia Lacan en Aún, dios de dos caras que limita de un lado y del otro es garantía del relanzamiento del goce.

Lacan no parte del universal padre muerto sino de uno que hace de una mujer la causa de su deseo, que logra extraer el a del cuerpo del Otro; uno que encarna un deseo vivo inscribiéndose disimétricamente del lado hombre y del lado mujer.

Más allá del sexo biológico, hay dos posiciones, que están articuladas al modo de goce, y el sujeto se ubicará del lado masculino o del femenino.

Mónica Marín.

 

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