La ocasión de estas Jornadas me ha sugerido una pregunta ¿de qué manera el debate actual que se ha generado sobre la identidad de género, afecta a la sexualidad infantil?

¿Siguen los niños interesados por saber su origen o por las diferencias sexuales, o están más interesados por saber si sus padres tienen relaciones sexuales?

Un niño de 12 años tiene un hermano y una hermana de su misma edad, son trillizos. Cuando llega a mi consulta está atrapado en una identificación que no soporta: ser el más pequeño de los tres. Esta identificación él la ha llenado de contenido por ser el que más cuidados médicos necesitó en su primera infancia.

Que le digan: tú eres el más pequeño en cualquier versión, le subleva y responde pegando o insultando. En la experiencia psicoanalítica a la que se aplica con interés, encuentra una identificación que lo calma: fue el segundo en nacer, así él no es el pequeño, es el segundo.

La siguiente pregunta que lo agita es si le gustan más las cosas de chico o las de chica. De las cosas que hace su hermano, le gustan pocas cosas. De las que hace su hermana, le gustan algunas y como eso no le permite concluir, busca en internet cosas que les gustan a los niños, cosas que les gustan a las niñas. Su cuenta le da el saldo de que le gustan más las cosas de niñas.

Después quiere saber cómo son las relaciones entre los homosexuales, ellos y ellas porque así cuando sea mayor ya estará enterado. Las conversaciones que tiene con su padre sobre el tema de la sexualidad, le dan un saldo positivo del lado de los chicos. Le gustan más las cosas de chicos.

Lo que podríamos llamar vaivenes identitarios han existido siempre en la infancia. En la nuestra, las cosas de niños y las cosas de niñas se presentaban claramente diferenciadas. Se trataba de significantes muy fijos, como los colores: rosa para las niñas, azul para los niños. Sin embargo en la práctica o mejor dicho, en la experiencia subjetiva, se podía jugar con ellos. Si siendo una niña te subías a los árboles, entonces eras un “chicazo”, cosa que, curiosamente, algunas veces te gustaba y otras te disgustaba.

La modernidad líquida ha actuado claramente sobre estos parámetros fijos y ha hecho que se disuelvan. Quizás uno de los cambios que encontramos en la actualidad es que estas idas y venidas por el género aparecen hoy a cielo abierto y por tanto pueden incluirse en las preocupaciones de los padres. La cuestión es qué hacen los padres con estas preocupaciones, si corren a consultar a una “unidad de género” o dan el tiempo para que los niños hagan su propio recorrido.

El niño que le dice a su madre creo que me estoy volviendo niña, tiene 8 años y se trata de una escena de la vida cotidiana. A él le gusta una chaqueta, la madre se la compra aunque piensa que “es de niña” y le dice que a lo mejor en la escuela le dicen algo. El niño le contesta que ya tiene la respuesta pensada, que los colores no tienen género.

Lidia Ramírez, Barcelona.

 

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