¿Estamos frente a un nuevo cogito, en el que los puntos suspensivos podrían fácilmente ser reemplazados por un luego?

¿Yo soy, luego todos somos? Si así fuera asistimos a una degradación de la ascesis cartesiana y a un paroxismo de la confusión entre el sujeto y la conciencia, pero en este caso colectiva.

Sueño del UNO/TODOS que escamotea la división subjetiva y ofrece una salida engañosa a la angustia de castración que esa misma división comporta.

Esa igualdad, en su diálogo amontonado, desconoce el fracaso estructural del goce, su No-todo, pretendiendo olvidar que fracasa. Pero atención ese Yo soy… Todos somos puede devenir político, es decir poder y por ese mismo sesgo, masa atípica que grita finalmente que seamos lo que seamos, Todos somos hijos de Dios.

Cada uno puede pasear con su identidad sexuada, no sexuada, hombre-mujer, ni hombre ni mujer, bio, cyberg, multi cyberg…ya que hay lugar para todos y cada uno en la viña del Señor. Yo soy… Todos somos es en última instancia religión, pero a su vez paradoja que no impide el “quisiera ser un puerro en la ristra de cebolla”.

La experiencia cotidiana del psicoanálisis propone deshacer ese compacto, haciendo hablar, para que el tratamiento de la escisión estructural no sea el pasaje del yo soy al todos somos, sino que ese tratamiento de lugar a una posición sintomática por medio de la cual un sujeto se dé otra alternativa, sin duda solitaria, frente al malestar.

Graciela Esperanza (EOL).

 

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