Las diversas adicciones, insertas en el discurso de la civilización hipermoderna, implican una subordinación del goce a la lógica producción-consumo, lo que tiene algunas consecuencias que conviene señalar:

  • Un desplazamiento del objeto de consumo, que finalmente no es otro que el propio sujeto.
  • La instauración de un régimen que sutura toda reflexión y acción de la relación de los hombres con el goce” (1). Aquí adictos y sus tratamientos siguen la misma lógica.

Un ejemplo: A un joven consumidor de las llamadas “drogas de diseño”, con accesos de agresividad, se le propone -desde la psiquiatría y con la aquiescencia, incluso el empuje, de la familia- la realización de pruebas cerebrales para determinar la causa biológica de dicha tensión agresiva y su compulsión al consumo de drogas. “Si es mi cerebro, no soy yo, puedo entonces, dirá, no saber lo que me pasa”. Esa fue la respuesta que dio a la mentada oferta, previo abandono de un tratamiento por la palabra que había iniciado no hacía mucho, con el consecuente reinicio de su actividad agresiva y adictiva- de la que sin duda el sujeto es responsable, pero en la que colaboró el saber “benefactor” y ciego de la ciencia y un ideal familiarista nada inocente.

  • Una versión del síntoma que de entrada no aparece como algo propio del sujeto, más bien como algo a eliminar, puesto que el adicto no se siente concernido más que como víctima de la potencia del objeto, o como víctima de un asunto que no le concierne, pues su causa está en el cerebro.
  • Un empuje a eliminar la subjetividad en nombre de un objeto que diría “hay relación sexual”.
  • La promoción de identificaciones, que no son las de la psicología de las masas freudianas, sino, como ha señalado Eric Laurent, son aquellas que a partir de un rasgo producen comunidades de goce.

En este sentido podemos decir que el adicto no es un hereje, es más bien un estandarizado, alguien que en su supuesta pretensión de separarse, más bien busca alienarse. La adicción es una separación fallida, como lo escuchamos en el caso de una joven que después de un tiempo de análisis alrededor de lo que llama “destruir mi cuerpo” como intento de separarse de la mirada superyoica del Otro, se desvela su compulsión a la alienación.

De otro lado, el síntoma, como lo más herético, es la subversión que el psicoanálisis orienta como salida al “todos adictos al consumo de masas”.

Eugenio Díaz.

  1. Ph. Lasagna, “Un discurso sobre la política”, en El psicoanálisis en la política de hoy, AMP News 2012.

 

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