La reacción primera frente al sinsentido, frente a aquello que resulta inadmisible para nuestro pensamiento, es el rechazo: tendemos a apartar, cuando no a eliminar, aquello que perturba nuestro mundo para evitar que éste cambie y nos obligue asimismo a cambiar, pasando a ser otros distintos de los que creemos que somos, lo que fantaseamos con frecuencia como una amenaza, y no como un alivio.

Pensar que sabemos quienes somos y que los miembros de nuestro grupo de pertenencia son iguales o muy parecidos nos da tranquilidad. Sin embargo, este “sentimiento de identidad” nos trae muchos problemas y más que responder a ninguna esencia y, menos aún, a ninguna realidad, es la consecuencia de nuestras identificaciones más imaginarias.

La identificación es un proceso fundante del psiquismo: la primera identificación en que el niño, aún balbuceante, dice “yo” es necesaria para su estructuración mental. Pero es tan necesaria y fundamental como ilusoria, porque cuando cualquiera dice “yo” solo se está identificando con algunos aspectos de sí mismo, normalmente con los que más le gustan, que más responden a sus ideales. Y, a la par, deja fuera, desconoce aquellos aspectos de sí mismo que no le gustan y que con facilidad proyecta sobre los otros. Así mantenemos la ilusión primera de que “yo” o “nosotros” somos estupendos.

Entonces, el “nosotros”, que incluye a los que considero que son como yo, crea directamente el “ellos” y los separa del grupo. Es como un muro. Los mecanismos actuantes son el Ideal y la segregación: el primero borra toda diferencia entre los que se incluyen en un mismo grupo; la segunda borra cualquier parecido o igualdad con los que no forman parte de él hasta volverlos radicalmente diferentes e intolerables.

Se necesita un esfuerzo civilizatorio tenaz para que las relación con los otros no queden reducidas a este “yo/tú”, “nosotros/ellos” fundante. Nada asegura que sea posible ir más allá. Ni nada asegura, cuando lo hacemos, que no podamos volver a esa lógica en cualquier momento. El esfuerzo ético en el plano individual y colectivo ha de ser constante.

Cada proyecto civilizatorio, con sus éxitos y sus fracasos, nos enseña que las identificaciones y los ideales son a tratar siempre con distante advertencia, porque llevan siempre en su seno el desconocimiento propio y ajeno, semilla de destrucción. La paz es un ideal, un proyecto frágil siempre por lograr o mantener.

Nunca muros de ningún tipo han logrado que la civilización avance hacia algo mejor.

En un mundo tan fragmentado como atroz donde todo se convierte en un pequeño ideal y una bandera, es decir, en una causa contra el otro, contra el distinto, es decir, contra el lazo social, contra los pactos necesarios  para que haya civilización, el reto es complejo pero fascinante.

Margarita Álvarez.

 

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