LAS IDENTIDADES, UNA POLÍTICA, LA IDENTIFICACIÓN, UN PROCESO Y LA IDENTIDAD, UN SÍNTOMA

Por Marie Hélène Brousse.

El siglo XX vio crecer un movimiento de reivindicación que tenía sus raíces en lo que llamaré la revolución universalista: el feminismo. El siglo XXI ve desplegarse un nuevo movimiento de reivindicación que moviliza otro significante, un significante nuevo: el género. El término no es nuevo. Pertenece a la lengua desde la antigüedad y designa la clasificación de conjuntos relacionados por algunas similitudes. Casi universalmente presente en la gramática de las lenguas -masculino, femenino o neutro- asociado al nombre, inscribe la marca de la diferencia sexuada en el funcionamiento de las lenguas llamadas naturales. Si bien el término, polisémico, es antiguo, el uso que se hace actualmente del mismo y los estudios que lo promueven no los son. Ha logrado imponerse y reorganizar el conjunto de los discursos. Este potencial obliga, en efecto, a tenerlo en cuenta de maneras muy diferentes e incluso antagonistas. Está ligado a otros dos significantes de importancia creciente en el discurso, identidad y minoría.

Identidad y género: algunas referencias

Soy psicoanalista y por lo tanto abordaré el género y la identidad desde esta disciplina. Algunas referencias son necesarias. La primera concierne al lenguaje. Nuestra materia, esa con la que operamos, es el lenguaje, -y Lacan lo pone en evidencia de manera retroactiva en su lectura de Freud-, la lengua hablada de todos los días, el lenguaje corriente en su materialidad, el sonido. Pero ese lenguaje está moldeado en y por un discurso que Lacan ha formalizado, el discurso del amo. El inconsciente, tal y como se manifiesta en el análisis, es su reverso. El psicoanálisis no es una ciencia de las profundidades de la psique, es una disciplina de lo que retorna. La cadena de la palabra del analizante, tomada en la estructura del discurso del amo, según una topología de banda de Moebius, se da la vuelta. Como las lenguas naturales, los discursos se transforman y los significantes-amos que orientan los efectos de sentido, de sentido común, surgen y declinan. El género ha sustituido al sexo como significante amo. (Sexe/Gender). Esta sustitución tiene evidentemente implicaciones y consecuencias.

Los discursos de género han sido introducidos mayoritariamente por la lengua inglesa, y han conocido primero un éxito creciente en los EE.UU. Los asuntos de la vida sexual siempre han tenido en EEUU, al igual que en el Reino Unido, una incidencia política más fuerte que en Francia. Sin duda las raíces puritanas y protestantes presentes en el discurso en lengua inglesa tienen efectos diferentes de los engendrados por el catolicismo. La dificultad para traducir en esta lengua, de manera adecuada, el término lacaniano de Goce, es prueba de ello. El término de género evita el equívoco siempre presente en el de sexo que, masculino o femenino, asegura una función clasificatoria e, indisociable de Eros, tiene siempre un valor erótico en la lengua. Por lo demás, el término de género sale del binario construido con la reproducción para introducir un tercer término, el neutro. Podría sostener cada una de estas afirmaciones en elementos de la psicopatología de la vida cotidiana: utilización de WC públicos, reivindicación de neutralidad sexual escuchada hace tres años in vivo en un evento paralelo sobre “The Empowerment of Women” en la ONU, en la entrevista con el profesor Jack Habelstram del departamento de American Studies and Ethnicity, Gender Studies and Comparative Literature de la Universidad de California Sur, especialista en estudios Queer. El enunciado disciplinario, sin duda bastante complicado, que acabo de citar por entero, muestra que el significante “gender” está en correlación con el de “etnicidad”, el de “minorías” y el de “Queer”. Esta entrevista está publicada en el nº 2 de The Lacanian Review, “Sex all over the place”, título dado por otra universitaria estadounidense, Joan Copjec, muy conocida por haber introducido y publicado a Lacan en EEUU -particularmente Televisión– en la revista que ella dirigía entonces, October. Si el género ya no determina el sexo en la supuesta diferencia, reducida a la anatomía, entre hombre y mujer, surgen entonces dos preguntas:

¿El género sustituye a la identidad sexual? ¿A dónde se desplaza la función erótica que los “sexos masculino o femenino” situaban, o pretendían situar, al servicio de los sistemas de parentesco, bajo el control de la anatomía? Respuesta: “all over the place”.

Una modificación histórica de discurso

La psicoanalista que soy aborda los debates y enfrentamientos actuales sobre género e identidad de una manera no polémica. El psicoanálisis sabe del poder de los significantes amos sobre las parlêtres, pero sabe también que este poder se basa en dos elementos: el poder de los semblantes en general, y las condiciones para que un significante, siempre vinculado a una época, pueda, más allá de su surgimiento forzosamente minoritario, imponerse mayoritariamente como dominante. Desde ese lugar tiene, entonces, función de verdad. Un estudio crítico de la identidad y del género es la ocasión para el psicoanálisis, no solamente para continuar elaborando la noción del discurso del amo, sino también para estudiar -en tiempo real- su modificación histórica en su recorrido por las ocurrencias de la palabra de los analizantes. Es uno de los modos de desplegar el psicoanálisis de orientación lacaniana en sus últimas innovaciones. Señalo así el estudio que Jacques-Alain Miller hace del ultimísimo Lacan extrayendo una modificación del discurso y de la práctica analítica sobrevenida en este último periodo de su enseñanza: la agregación al inconsciente freudiano, obtenido por descifrado y transferencia, de otro inconsciente al que nombra como inconsciente real. Es más acertado decir que al inconsciente transferencial se añade el inconsciente real, según la topología puesta en evidencia del lazo entre sexualidad fálica y sexualidad no-toda fálica. El inconsciente real no está fuera del valor fálico, pero no está completamente regido por la metáfora. El sujeto del inconsciente no es el único objeto en juego en el análisis. El cuerpo hablante también juega la partida.

Pluralización de la noción de identidad y fin de la idea de unidad unificadora

Establezcamos de entrada que el “género” designa una de las formas comprendidas en la identidad. En efecto, este otro término también está en boga. Si digo “una de las formas”, implica una pluralización de la noción de identidad: identidad sexual o asexuada, pero también nacional, grupal, ética, racial, religiosa, espiritual, económica, política, etc. Esta pluralidad, que las ocurrencias del discurso del amo actual hace patente, paradójicamente es el contrapunto de una concepción de la identidad que caracteriza a un individuo en su singularidad y en su totalidad: una identidad ideal, mi identidad, lo que soy, totalmente y en todo tiempo y lugar; así pues una identidad unificadora o incluso, como la orientación fenomenológica lo ha desarrollado, una unidad intencional. En su intervención en un coloquio en la Universidad John Hopkins en Baltimore en 1966, Lacan habla en estos términos: “Los grandes psicólogos, e incluso los psicoanalistas, están imbuidos de la idea de personalidad total. En todos los casos se trata de la unidad unificadora que es puesta en primer plano. Nunca lo he comprendido, porque si bien soy psicoanalista, no por ello soy menos hombre, y en tanto que tal, mi experiencia me ha probado que la principal característica de mi vida de humano… es que la vida es algo que, como decimos en francés, va a la deriva… La idea de la unidad unificadora de la condición humana siempre me ha hecho el efecto de una mentira escandalosa”. ¿A la deriva de qué? A la deriva de los significantes, para empezar.

Es lo que demuestra esta explosión del término identidad y su pluralización consecuente. Por lo demás, desde Freud, la división subjetiva, correlativa a la introducción de la hipótesis del inconsciente y su verificación en y por las manifestaciones que lo producen, viene a oponerse a esta identidad en tanto que unidad unificadora. Podemos entonces acoger la elevación de la identidad y del género al rango de significantes amos, en discursos con una enunciación reivindicativa o angustiada, como la demostración de lo que el psicoanálisis afirma del sistema psíquico desde los primeros trabajos de la disciplina y que hasta ahora sólo la práctica analítica verificaba. Sin embargo, está el yo y la cognición, objeto de una disciplina que va viento en popa, incluso si su campo es difícil de definir, entre el cerebro y la lógica. El yo desde el punto de vista del análisis tampoco puede pretender la unidad, ya que él también consiste en “pensamientos con palabras” que escapan al control pero no al malentendido. ¿Es decir que no hay unidad? Ciertamente no, pero es igual de cierto que no hay ninguna unificación que esperar tampoco por ese lado.

Es algo establecido desde la formulación del cogito en las Meditaciones, del que Lacan dice que la base epistemológica que constituye para la ciencia es una de las dos condiciones de posibilidades del psicoanálisis. “Yo soy” es válido en el instante de su enunciación.

¿De dónde viene, sin embargo, que funcionemos como parlêtres con la evidencia de que somos sujetos, desde luego sujetos a la duda, a la incertidumbre o a la creencia, y no obstante más o menos unificados, y tanto más asertivos cuanto que menos seguros? Es ahí donde el psicoanálisis puede dar un viraje a este concepto mostrando que la identidad no está ahí donde se la piensa.

La identidad es de papel

En el curso, esencial, del año 2006-2007, Jacques-Alain Miller despeja una solución de continuidad crucial en la enseñanza de Lacan. Esto no quiere decir una anulación o un repudio de la enseñanza anterior, sino un cambio de acento e incluso de dimensión. En el curso del 17/01/07 hace un desarrollo de la noción de identidad que volverá a trabajar en los cursos del 14/03/07 y del 30/5/07 a partir de mecanismos de identificación. “Esta prioridad del Otro está marcada en lo más profundo de la identidad del sujeto, la constituye. Podemos incluso decir que Lacan se esfuerza en poner unilateralmente del lado del Otro todo lo que es para el sujeto constituyente”. La dimensión del imaginario por la que comenzó su trabajo innovador de lectura de Freud “da ya a la imagen virtudes simbólicas” y el desarrollo de la dimensión de lo simbólico, a partir del inconsciente estructurado como un lenguaje, lo refuerza definitivamente. La identidad está del lado del Otro, tanto de las imágenes reinas como de los significantes amos, no del lado del sujeto, efecto del lenguaje. Escuchaba a dos analizantes: uno hablaba de un sueño, el otro de un recuerdo destacado de su llegada a Francia donde después ha hecho su vida, siendo hoy ciudadano de este país.

En las formaciones del inconsciente, estaba en primer plano la identidad bajo la forma de “papeles de identidad” -carnet de identidad, tarjeta de seguridad social, tarjeta de crédito o también pasaporte del país de origen- que un acto fallido le había hecho olvidar, el día de su llegada, con su cartera en el techo de un taxi en el momento de pagar la carrera. La identidad del sujeto son los papeles emitidos por el Otro. Otra referencia clínica: mi entrada en EE.UU. y el papel de la inmigración.

Esto me lleva a hacer una precisión. En una entrevista, una paciente hospitalizada después de una tentativa de suicidio, desorientada, y que no sabía ya quién era ni lo que quería, evoca un momento de su vida, la mejor época de su existencia. Cuando le pedí que me lo explicara, respondió: “se lo he dicho, trabajaba en un bar como “chica alegre” (fille de joie) así pues estaba alegre (joyeuse)”.

La identidad era ahí sólida. ¿Por qué? Porque no había metáfora. Porque “chica alegre” es alegría (“fille de joie” es “joie”). Este elemento clínico muestra a contrario que el Otro planteado por Lacan funciona a partir de la articulación mínima de un S1 con un S2, permitiendo la sustitución de S2 a S1, de S3 a S2, etc. En cada sustitución se produce un efecto de sentido que es esa deriva de la que habla Lacan en Baltimore. De tal manera que la identidad, salvo efectos de sentido estricto o de capitonado, escapa y huye del sentido que hace las veces, en general, de realidad.

La identidad, y el género como identidad sexual, son del Otro y están en el Otro. No se deriva de ahí ninguna unidad, ninguna unificación tampoco. Lo que es nuevo hoy es que han aparecido recetas alternativas a las que estaban en juego en el lazo social. Esto es todo y es mucho. El avance de las identidades y del género, que aspiran al estatuto de significantes amos en el discurso contemporáneo, es la consecuencia de la pérdida de hegemonía del discurso del amo en vigor en las sociedades tradicionales, situadas bajo la dependencia del Nombre del Padre, semblante que tenía una función de poder. La ciencia y sus técnicas no habían todavía transformado la reproducción humana. El nombre del padre permitía definir lo masculino y lo femenino por la reproducción de la especie en el seno del sistema de parentesco, la identidad sexual era definida por un binario presente tanto en lo imaginario como en lo simbólico. Ya no es así, pero la multiplicidad de las identidades no modifica en nada su modo de funcionamiento. Siguen estando en el Otro, e intentan proponer nuevos modos de empleo del lazo social. Lo demuestra el juicio ganado por Jaime Shupe en Oregón, al que un juez acaba de autorizar a convertirse en “la primera persona legalmente no binaria”. Ha declarado: “I am not male, I am not female”, “No soy un macho, no soy una hembra” y es fotografiado con su esposa después de su victoria jurídica (1). Se niega a ser representado por un significante para otro significante: ni S1, ni S2. No es transgender. Se niega porque cree en ello, el gender, tentativa de reducir el sexo al significante y a la función de semblante.

Es ahí donde se capta una tendencia que está produciendo una modificación del Otro o en el Otro. Lacan en una conocida nota a un Congreso de la Escuela freudiana en 1968, habla de “la huella, la cicatriz de la evaporación del padre”. Hay dos puntos en esta fórmula: el padre se evapora, su dominación va decayendo. Pero también, puesto que el padre está ligado a la fórmula de la metáfora, sustitución que produce el sentido, la metáfora pierde potencia en el discurso y con ella el semblante. Numerosos analistas de las modalidades del discurso en las últimas elecciones en EEUU han subrayado la desconexión entre el discurso y los hechos, los cuales, como demuestra Jacques-Alain Miller en el curso de 2006-2007 al que me refiero, están en el primer nivel de la interpretación. Se está produciendo un corte radical entre el discurso y la interpretación, efecto del triunfo de la significación sobre el sentido y por lo tanto de lo real del discurso sobre la realidad. Lo real se emancipa “de los enredos de lo verdadero” y “es lo que queda al excluir el sentido”.

En psicoanálisis, identificación antes que identidad

Freud situaba ya en Massenpsychologie y Análisis del yo, tres niveles de identificación. Los tres hacían del Otro el principal activo de la identidad. El primer mecanismo de este proceso de identificación es la identificación al padre por el amor, estabilizando la realidad. El segundo proceso está definido por Freud a partir de la histeria, sabemos de su lazo de discurso con el psicoanálisis. Jacques-Alain Miller propone llamarlo, y es extremadamente esclarecedor, identificación participativa a un otro en tanto que este otro, este semejante, falta. La tercera es la identificación al rasgo unario, no importa cuál, con tal de que esté en el Otro, que Jacques-Alain Miller define como la identificación a un rasgo cualquiera, aleatorio, podríamos decir: Padre, S barrado, Sq.

Ahora bien, la última enseñanza de Lacan ha cambiado la situación de los mecanismos de identificación. Ya no se trata de los modos de identificación del sujeto en tanto que representado por un significante para otro significante, ni del lazo S1-S2. El lenguaje y el discurso siguen teniendo la prioridad pero el sujeto, categoría simbólica, da paso al parlêtre o ser hablante. De ahí deriva otro proceso de identificación que surge no del Otro, sino de Un-Cuerpo (Un-Corps), como lo demuestra Jacques-Alain Miller. Evidentemente esto trae a colación al Ego, alrededor del cual Lacan hace girar su estudio de Joyce, y del que se desprende su ultimísima enseñanza.

Entonces encontramos en un primer plano no tanto la noción de identificación si no la “de pertenencia, de propiedad”. Por la vía del sentido, incluido el de la forma bella, el Otro solo da, por los procesos de identificación, falta en ser, mientras que Un-Cuerpo (Un-Corps) no se atrapa más que por su consistencia. Al lugar del amor por el Otro, el padre, viene la adoración del cuerpo, mezcla de imaginario y de real, Un-Cuerpo (Un-Corps) producto del Uno que escapa a la tenaza de la metáfora y del Cuerpo. Sin embargo Lacan ya había construido una teoría del narcisismo despojada de los vértigos del imaginario en provecho de lo real de la huella. El paso adelante consiste en definir el cuerpo, no ya por su imagen y como consecuencia el sentido, sino como cuerpo gozante organizado por los orificios corporales de los que Freud ya había subrayado la correspondencia con las pulsiones. Esos agujeros emiten sentido en tanto que proviene de las experiencias de goce y después lo aspiran, puesto que el goce está fuera de sentido. Localizados en Un-Cuerpo, funcionan como marcadores, especie de escritura indescifrable, pero inscrita.

Desidentificación: la vuelta de la Identidad

Un paso adelante fue dado por Jacques-Alain Miller el 14/03/07 en su lectura del seminario que sigue al 24. Iré al grano de la fórmula y la radicalizaré.

La identificación sigue estando en el Otro y es por lo que es un proceso esencial. Pero el Otro no da una identidad una, más bien da siempre al menos dos. El Otro es la condición de la constitución de nuestro marco, nuestro acceso a la realidad, fundada en la falta. El presta los significantes que desfilan en las identidades de papel que se atropellan, se contradicen y que en un análisis caen como piel muerta.

La única identidad que se sostiene, que tenga una consistencia es lo que Jacques-Alain Miller propone llamar la Identidad symptomale, que no es del sujeto, sino del Uno del todo solo, del cuerpo del que no podemos escapar, de sus agujeros, que la contingencia de los significantes puso a funcionar en experiencias únicas propias de cada uno, experiencias “triviales y sin igual”.

Es el sentido de la expresión de Lacan “identificarse a su síntoma”. ¿Cómo se produce en un análisis este proceso? Por extracción y reducción. Se trata de desprenderse del Otro quedándose allí, puesto que no hay otro del Otro, se trata de extraer de estas experiencias las marcas indelebles que nos han dejado y de alcanzar, por reducción, el modo de goce sintomático del sujeto. Extracción de los momentos en los que un decir marcó ese Un-Cuerpo, reducción de los enunciados, desvelamiento de la enunciación, son las condiciones para formular una identidad desde el síntoma, que no por ser fruto del azar, no deja de ser la única garantía de unidad. Una vez puesta en evidencia como significación fuera de sentido, todos los impedimentos, los enredos que producía y que estaban hechos de sentido, caen. De alguna manera positivizar el síntoma, al precio de la caída del sentido y de la interpretación.

 

Traducido por Azucena Bombín.

 

  1. Le Monde, sábado 11 de junio de 2016.
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