Durante casi un milenio, la mayor parte de las comunidades religiosas cristianas siguieron las reglas de san Benito, san Jerónimo y san Agustín. En ese tiempo entrar en un monasterio suponía la colectivización de los bienes, las posesiones o dote del nuevo monje pasaban a ser propiedad de la orden. Era un mundo sin trabajo remunerado, en el que el repudio o ausencia del padre significaba la muerte, y estas comunidades ofrecieron una alternativa al padre que incluía su función.

En el siglo XIII, la caída del feudalismo y el nacimiento del mundo urbano y la sociedad burguesa, abrieron las primeras fracturas en el régimen simbólico y favorecieron el nacimiento de las órdenes mendicantes: franciscanos y dominicos. Los mendicantes exigían la renuncia a los bienes, el ponerse en manos de los otros, de sus donaciones para misas y sepulturas. Triste opción… o no, pues se trataba de hacerse pagar por el goce: hablar, orar, predicar, hacer penitencia. Fue la feminización del cristianismo, con los franciscanos más del lado de lo femenino y los dominicos, un poco más hagiógrafos e inquisidores (con el perdón de Savonarola y Torquemada por la lítote), del de la histeria.

La laicización de Occidente continuó hasta la caída del ideal renacentista en siglo XVI, momento de especial desorden que en lo religioso dio lugar a varios amos: Lutero, Calvino y, con la Iglesia de Roma, la Compañía de Jesús. El estilo conventual de los jesuitas supuso una cierta deflación de lo comunitario y alza del individualismo, lo vemos de nuevo en la relación a los bienes: al entrar en la orden mantenían sus propiedades a título personal y, con ellas, su rango social.

Pero esta es una hystoria y no la historia, porque en la praxis lo que ocurrió a las comunidades religiosas dependió siempre del uno por uno. No obstante, una cosa es indudable: las reglas de las órdenes religiosas no se parecen en nada a los otros textos concebidos por la iglesia. Se trata de orientaciones prácticas que, al modo del foucaultiano “cuidado de sí”, parecen hundir sus raíces en el Mundo Antiguo. Son textos que exponen un saber sobre los goces y los cuerpos, organizando de forma simple la vida cotidiana, la relación con los otros, el uso del cuerpo.

La relectura superficial de varias reglas monásticas no me ha provocado deseo alguno de recomendar su observancia, pero sí el de extraer de su hystoria un cierto saber sobre lo imaginario.

Por seguir reglas y votos, tendemos a criticar y reducir estas comunidades a la apariencia insoportable de sus límites visibles, pero lo cierto es que sus reglas fueron concebidas para favorecer el goce de los cuerpos, ordenar una existencia en la que fuese posible la vida en comunidad -su lazo social- y, a la vez, la experiencia particular. Por el contrario, el clero secular y los creyentes laicos, aparentemente más libres y en una situación más deseable, frecuentemente transcurrían su existencia en la invisible cárcel del orden simbólico, hija del dogma y la teología.

Rosa Vázquez Santos.

 

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