En su libro “La intimidad como espectáculo” (1) Paula Sibilia reflexiona sobre el estallido de lo privado que vivimos y el enaltecimiento de lo común gracias a la red. Si antes ser famosos era privilegio de unos pocos así considerados “excepcionales”, hoy, los “quince minutos de gloria” de Andy Warhol” están al alcance de cualquiera.

Broadcast yourself fue el slogan con el que YouTube se presentó en la red: tú eres el producto, lánzate, muéstrate, usa tu creatividad, haz vídeos. La invasión de blogs personales, youtubers, influencers, perfiles de Instagram, Facebook, etc. se ha poblado con la vida de cualquiera expuesta con fotos y narraciones cortas a la curiosidad del resto.

Lo que se tiene en cuenta para la definición de la identidad de los sujetos cambia en los diversos contextos culturales. Hubo un tiempo en que la intimidad tenía un papel en la vida de las personas. Importaba tener “una habitación propia” preservada del acceso del resto donde desarrollar una interioridad a salvo de miradas ajenas. La literatura de ficción alcanzó su apogeo entonces.

En la época hipermoderna encontramos más bien el boom de la “hiper realidad”, la explosión de los relatos e imágenes de gente común que exhibe sus peripecias “reales” en las pantallas. Ya no se trata de cultivar lo interior, sino de exteriorizar la propia vida, negando el estatus de ficción de tales producciones. Si antes se atribuía una importancia al bucear en el interior de uno mismo, hoy el supuesto de base es que uno es lo que hace. Quien soy yo se desprende del desempeño visible del cuerpo, de mis peripecias y algunas frases simples que explican qué me gusta, qué pienso… La obra es el propio autor, que va dando consistencia a su propio personaje a través de todos esos posts que va colgando en la red. La propia vida ficcionalizada y estilizada, convertida en entretenimiento.

La sed de consumo de vidas ajenas corresponde a la caída de las grandes figuras ideales de identificación vertical y la proliferación de pequeñas figuras de otros semejantes en los que puedo mirarme y consolarme, porque, en su banalidad, son iguales a mí. Se trata de ser uno más y de ser único al mismo tiempo.

En “Los signos del goce” (2) Jacques–Alain Miller acude a la frase de un paciente “Me gustaría ser un puerro porque se los pone en fila”. Realmente, dice, es a las cebollas, no a los puerros a los que se organiza en una fila (una ristra de cebollas, diríamos en España). Miller extrae de esto el principio de la vida social: cada uno busca su rasgo de distinción. Ese rasgo de distinción es lo que permite que sean puestos en fila. Es lo que se le ofrece a todo el mundo con el cultivo de la personalidad, de su originalidad… Es la identificación desafortunada…que, hoy y siempre, se satisface sin cesar.

Beatriz García.

 

Sibilia, Paula, La intimidad como espectáculo, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2008.

Miller, J. –A., Los signos del goce. Buenos Aires, Paidós, 1998.

 

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