¡Pobre síntoma!

Cada minuto una nueva promesa de felicidad y reparación. Y sin falta. Ninguna falta.

 

A esta altura ya no hablamos del ser que habla y que hablando, goza.

El síntoma, clásico, en cuanto ciframiento de algo original, es “denuncia de lo que no anda”. El síntoma, es lo que orienta.

Porque está estructurado como un lenguaje, se de-forma según los saberes con los que se instituye, a partir del tejido discursivo de ese Otro que lo encarna y que le habla.

 

Se presenta encarnado bajo formas cada vez más descompuestas, nuevas formas, imprevistas. Lo inédito de su presentación, parece sugerir modos singulares de jugarse la oportunidad de subjetivar ese encuentro con lo real, no al modo de la tradición ni de las normas.

 

La actualidad de las redes sociales y sus extensiones, exponen algo de esa aspiración frenética a un más que ignora pero busca encontrar en las ofertas de tratamiento del cuerpo -piercings, tattoos, cirugías, etc.- o en los señuelos que el discurso capitalista fabrica.

 

La ciencia y su técnica voraz, que tanto confort, por otra parte, ofrece, no concibe al sujeto al que se dirige, preñado de sentido y de goce. Lo toma por su real, aquel del que se ocupa, no afectado por el poder de la palabra, cuando es esta la que lo obliga, por el hecho de ser hablante, a hacer síntoma de lo real.

 

Lacan nos advierte: no retroceder ante lo real. Estar advertidos del empuje iterativo que la ciencia lleva en su propio modus operandi.

Si Freud pudo desvelar lo que corre en “las palabras bajo las palabras” (1) y Lacan nos enseña “que la realidad se aborda con los aparatos del goce” (2), la ciencia en su tarea vuelve a echar un tupido velo sobre lo que las palabras, sirviendo al gozar, soportes de lalengua, intentan hacer oír en lo que se dice tras lo que se escucha.

 

Solo el síntoma, reja en la que se cuela lo que no participa del discurso, traduce de qué está hecho.

Solo el síntoma, lo más propiamente hablante, apunta con rigurosa precisión los obstáculos y los beneficios que lo embarazan, angustian, atormentan, enferman.

Si ya el síntoma es un ciframiento, embarazado de sentido, amordazarlo aún un poco más con la lógica de la tecnociencia, lleva a cierta agonía subjetiva, a un automatismo compulsivo del que estamos empezando a vislumbrar su ferocidad.

 

Entonces ¡pobre síntoma!

Mientras, habrá que resistir, hacer que el psicoanálisis, que no es ciencia, siga siendo un síntoma en la cultura, que denuncia lo que no anda.

Mónica Unterberger.

 

  1. Miller, J.-A. La Fuga del sentido, Curso de la orientación lacaniana 1995-6, Las palabras bajo las palabras, Buenos Aires, Editorial Paidós, 2012.
  2. Lacan, J. El Seminario, libro XX, Aún, Buenos Aires, Paidós, 2007, p. 69.

 

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