Una preocupación acompañó a Lacan de manera constante: el riesgo que supone la identificación del psicoanalista…al psicoanalista.

El problema del ser del analista que había “regresado al más primario egocentrismo” (1) fue la manzana de la discordia que desembocó en la expulsión de Lacan de la formación y la enseñanza en la IPA que recurrió a la más extrema forma de segregación. La IPA, por su lado, continuó el camino hacia la psicologización del psicoanálisis.

Por más que se podía comprender esta tendencia como un esfuerzo de normalización post-traumático por parte de emigrados, Lacan pensaba que esa vía acabaría destruyendo lo original de la experiencia analítica y, más importante aún, que lo haría a través de sus propios practicantes.

¿De qué manera? Obturando ese “rechazo de donde lo real toma existencia” (2) con una variedad de sentidos, buscando en lo imaginario una norma de lo real, se acabaría infiltrando en la experiencia un aire de religión para “apaciguar a los corazones” (3).

Pero, “si la religión triunfa es que el psicoanálisis ha fracasado” (4).

“El triunfo de la religión”, conferencia de prensa de 1974, puede leerse como una vuelta más sobre la aplicación del psicoanálisis al psicoanalista que, evidentemente, no es inmune al mundo y a lo que ofrecen sus mercados de identidades. En los últimos decenios hemos visto la aparición de leyes, regulaciones, control de las prácticas, etc.; una ofensiva para embargar al psicoanálisis del psicoanalista y para borrarlo también a él, absorbiéndolo en una figura generalizada del terapeuta.

El terapeuta hoy ¿qué es?

Probablemente, solo un gadget más en el mercado utilitario de las identificaciones; un funcionario del Amo. Y el Amo es truculento.

¿Aboga Lacan por el triunfo del psicoanálisis como contrapartida?

No, eso es imposible. Ninguna profesión imposible puede triunfar y el psicoanálisis es la más imposible de todas (5).

La tarea es defender la supervivencia del psicoanálisis para que no sobrevenga la represión del psicoanalista como síntoma. Hacer durar al psicoanalista en estos momentos de cambios implica seguir ahí. “El analista no puede durar más que a título de síntoma”; es decir formando parte del malestar en la cultura (6). O sea, sostener esa función radical que es lo real, para anudar algo. “Intento determinar con qué puede un analista sustentarse para no desbordar su función. Cuando se es analista, uno está todo el tiempo tentado de derrapar, de deslizarse, dejarse deslizar por la escalera sobre el trasero y eso es poco digno de la función de analista. Es preciso saber mantenerse riguroso, y no intervenir sino de manera sobria y eficaz” (7).

Entonces, a buen entendedor…

Shula Eldar.

 

  1. J. Lacan. “El psicoanálisis y su enseñanza”. En: Escritos 1. Paidos. P. 419.
  2. J. Lacan Ibid. P. 421.
  3. J. Lacan. El triunfo de la religión. Seuil. P. 79.
  4. J. Lacan. Ibid. P. 78.
  5. J. Lacan. Ibid. P. 76.
  6. J. Lacan. Ibid. P. 81.
  7. J. Lacan. Ibid. P. 100.

 

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