Al introducir en 1968 la distinción género-sexo, Robert Stoller pretendió otorgar un lugar en la distribución sexual a lo que viene de la biología y de lo psicosocial, instalando el binario sobre el que se edifica la gender theory, y que para el caso de la transexualidad masculina puede enunciarse como “sentirse mujer en un cuerpo de hombre”. Desde la perspectiva de género que orienta los tratamientos que los servicios públicos de salud ofrecen en los procesos de cambio de sexo, la dimensión subjetiva es reducida a cuestión de trastorno de identidad. Es un largo proceso que requiere un régimen de autorización por parte de los profesionales, reconfirmando el diagnóstico que permite optar al cambio de sexo ante el temor de que el paciente “se pueda arrepentir” una vez realizadas las intervenciones de reasignación. El paciente transexual es atendido por diversos especialistas del equipo de género. Los especialistas en salud mental son los primeros miembros del equipo en recibir al paciente. Tras haber pasado por la primera fase del diagnóstico, se le remite al endocrinólogo para la terapia hormonal. La terapia quirúrgica sólo se contempla después de un año de terapia hormonal, durante la cual el paciente tiene que superar el test de vida real, un anclaje imaginario que sedimente la “nueva” identidad: el paciente tiene que vivir en el papel del sexo opuesto en su propia vida personal o profesional (Estándares asistenciales de la Asociación Internacional Harry Benjamín, 2001).

Muchos afectados lo describen como un período angustiante donde la dimensión terapéutica queda en un plano muy alejado, y se hace necesario concentrarse en el convencimiento propio y ajeno para no quedar excluido de una posible decisión quirúrgica.

Hay pocas aproximaciones alternativas para replantear esta tendencia de estándares asistenciales. Desde el activismo queer, generalmente enfrentado con las voces dominantes de las asociaciones de afectados, se critica la discontinuidad resultante entre cuerpo sexuado y género construido socialmente, que permite dotar al primero de una naturalidad supuesta y al segundo de un carácter inmodificable. Ahondando en esta brecha elección-identidad lo queer pretende desarticular la condición previa del dato anatómico inicial y del binarismo de dos comunidades de género. Desde sus fundamentos postidentatarios en la acción política y epistémica, la teoría queer ha transitado algunos cruces de intersección con el psicoanálisis lacaniano, generalmente problemáticos y tangenciales (1). La asimilación, por ejemplo, entre sexuación e identidad choca, sin embargo, con aportaciones cruciales de la tradición lacaniana (2).

Desde la perspectiva lacaniana, la transexualidad problematiza el papel que juega la anatomía respecto al corte, y nos permite volver a pensar que la elección sexual, y las identificaciones, más que identidades, que a partir de ahí se pondrán en juego, no son algo meramente fenotípico o nominativo sino más bien un asunto de inscripción subjetiva en el orden del lenguaje. Para acceder al “otro sexo” es necesario pagar el precio, justamente el de la pequeña diferencia, que pasa engañosamente a lo real a través del órgano, y se hace instrumento por la operación significante.

Manuel Montalbán Peregrín.

 

  1. Como nos aclaró Javier Sáez en su libro Teoría Queer y Psicoanálisis. Madrid. Síntesis, 2004.
  2. Como son el síntoma en la esfera de lo real, la sexuación y la consideración del cuerpo sexuado, hablado, escrito, o la irreductibilidad de la modalidad de goce (aquello de la libido que es real).

 

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