En la película, la ciudad de Tokio es también un personaje, un retrato que ilustra las sociedades contemporáneas tecnológicas y capitalistas. Tokio, como Baltimore, puede ser cualquier lugar, la propia ciudad, la propia casa, la propia vida. El film presenta un mundo que ha perdido su referente organizador donde no hay dualismo, ni estructura, ni oposiciones y la realidad es una representación heterogénea que ninguna representación estable puede capturar. En ella el sujeto está solo, desarraigado, perdido. Esta realidad es híbrida, multiforme y multiconectada sin quiebra ni salida real. A todo esto contribuye Tokio, extremadamente moderna, con sus edificios y carteles que nos recuerdan al L.A. de “Blade Runner”. Luces de colores por doquier y esa gran masa de población con descorazonadora lengua extraña que nos ayuda a comprender la pérdida de rumbo que une a los protagonistas, de distinta condición y generación, vinculados paradójicamente por la soledad, la insatisfacción, la pérdida y el desconcierto en sus respectivas vidas.

Bob y Charlotte no duermen bien por las noches. Más allá del personaje, como en las obras antiguas, representan una verdad de la condición humana: perdidos en el laberinto de la sociedad hipermoderna que les es propia y de la que, a la vez, contradictoriamente, se sienten excluidos. La cinta no muestra ni aventuras, ni sexo, ni besos, ni palabras de amor, ni nada de lo que caracteriza una historia de amor porque nos presenta a dos personajes cuya existencia está deshabitada de sí mismos. La premeditada falta de intensidad narrativa, el silencio, su austero guión, son acordes con ello. Sólo asistimos a la desalentadora vida de dos personas que, pese a la diferencia de edad y de vivencias, se sienten unidas, precisamente, por lo que no tienen en común, por la charla en un bar, por una noche en el karaoke, por unos cuantos susurros en la penumbra, por una caricia en el pie. Ambos encuentran en alguien desconocido, con una inusual sensación de ternura, la posibilidad de saber un poco más quienes son; algo que atraviesa toda identidad y puede hacer caer alguna identificación. El todo de su aislamiento se descompleta por un encuentro casual, instantes fortuitos que abren una posibilidad fugaz de otro modo de estar en la vida porque, propiciado por el sentimiento de extranjería de los dos, cada uno en la soledad del otro, encontrará las huellas de su propia soledad. Y a partir de ahí un nuevo modo de habitarla, tal vez.

Lo mejor: sin duda, el final. Podría ser otro comienzo. En un instante una explosión de emociones contenidas, un momento compartido, casi mágico, unas palabras susurradas al oído que por fin escapan a la traducción porque son propias, que no podemos escuchar, que seguramente revelan su sentido sólo para ellos en ese preciso instante que luego se perderá y jamás volverá a repetirse.

Paloma Blanco Díaz.

Un desarrollo más amplio de este texto aparece en el capítulo 3 del texto de Paloma Blanco “Escrituras del indecible” (MGE, 2016).

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