Un niño pequeño no llega a la consulta de un psicoanalista con un querer decir ready made. Además no tiene nada que decir, en absoluto. ¿Consiente a enunciar su nombre? No siempre, no sin una brizna de angustia. ¿Quién es él? La pregunta solo se plantea a partir de su síntoma. Es lo que me es preciso identificar. No sin recurrir a quienes le acompañan. De entrada, me oriento por la angustia de este niño más que por el diálogo con sus padres.

Florián tiene cuatro años. Desde la primera vez, y rápidamente, este jovencito ha sacado su peluche de la bolsa de su madre, y me lo ha tendido. Me lo ha presentado. Lo he cogido y le he hablado. Por haber monologado con su peluche, Florián ha aceptado hablarme de su conejo. Dejamos a sus padres.

Hemos llegado a vernos regularmente. Durante una temporada, Florián me presentaba cada vez a un peluche diferente. He tenido ocasión de conocer a unos cuantos, pues tenía muchos. Yo sabía muchas cosas de ellos, poco sobre Florián. Acabé por decirle que sus peluches parecían tener ganas de conocerme, lo que era extraordinario. Dicho de otro modo, Florián me probaba en cada uno de nuestros encuentros. Después ha comenzado a responder por su peluche. Rompiendo mis monólogos y descubriéndose él mismo. Nuestro ritual se va a modificar. Ha querido dibujar, me habla, han surgido enunciaciones. Florián ha cambiado mucho. Y podía, de vuelta a la sala de espera, proseguir nuestros intercambios incluyendo a su padre.

Mi intervención a contra-sentido del sentido y del buen sentido no quería decir nada, alcanzó a poner límite a un goce que petrificaba a la familia.

Yasmine Grasser (ECF). Traducción Iñaki Viar.

 

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