…es un fenómeno “natural” de la experiencia analítica, como el arco iris, que uno no puede no verlo, aunque nunca pueda llegar a tocarlo ni llegar a donde está, a su lugar (1).

El trabajo analítico con adolescentes se caracteriza por la fragilidad de la transferencia, por una puesta en cuestión del saber del adulto. Pero nos permite ser testigos privilegiados de los nuevos caminos que el sujeto contemporáneo toma para afrontar el malestar, mediante la identificación y los síntomas. Especialmente en contextos desestructurados en los que los referentes adultos están ausentes o han estado presentes de forma negligente o estragante. A veces, la intervención pasa por ser un punto fijo (2) al que se puedan aferrar, con el que confrontarse para poder construir algo de su identidad o simplemente un lazo con el Otro.

Virginia tiene 16 años. Una serie de lagunas recorren su historia familiar y una creencia, casi una certeza, de que hay un oscuro secreto que su familia no le quiere contar, aparece en nuestras conversaciones casi de soslayo. Pero lo que realmente la (pre)ocupa es la imposibilidad de poder volver a convivir con su madre, esta saca lo peor de ella y una pregunta alrededor del deseo de la madre está siempre como sin responder en sus dichos: ella no fue una hija deseada y su madre se lo ha hecho saber en repetidas ocasiones.

Marc tiene 17 años y una madre, posiblemente psicótica, que cuando se desestabiliza desaparece y lo deja abandonado a su suerte. Una madre de la que ha sido su defensor y a la que poco a poco comienza a poder poner en cuestión. Otra pregunta por el deseo de la madre.

Ambos viven en centros de protección al menor, a los que han pasado a residir después de ser declarados en desamparo y serle retirada la tutela a sus padres. Estos jóvenes tienen que hacer pues esa delicada transición de la que habla Lacadée (3), con las dificultades y particularidades añadidas de que el Otro primordial, el Otro del cuidado, no ha estado a la altura.

Lo que me interroga de estos casos es que a pesar de darse todas las circunstancias para andar a vueltas con la pregunta por el padre, el deseo materno, sin la mediación del nombre del padre, los enreda y los sostiene al mismo tiempo. ¿Será ésta una de las manifestaciones de la evaporación del nombre del padre que tan presente se muestra en el mundo contemporáneo?

No obstante, siguiendo al Lacan del seminario 4 “la pregunta ¿qué es el padre? está planteada en el centro de la experiencia analítica como eternamente irresuelta” (4). La evaporación del nombre del padre no significa que esta pregunta no siga teniendo vigencia en lo que está por construir, a condición de que se produzca un encuentro con un Otro que les dé un lugar más amable desde el que mirarse y poderse salir de la identificación al lugar o al objeto de desecho (5).

José Antonio Rodríguez Machado.

 

  1. Miller, J.-A. “De mujeres y semblantes”, Cuadernos del Pasador. Buenos Aires, 1993.
  2. Lacadeé, P. El despertar y el exilio. Madrid, Gredos, 2010.
  3. Ibíd.
  4. Lacan, J. El Seminario, Libro IV, La relación de objeto, Buenos Aires, Paidós, 1994.
  5. Brignoni, S. Pensar las adolescencias. Barcelona, Editorial UOC, 2012.

 

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