Conversación con Pablo Boczkowski. Realizada por Gabriela Medín, codirectora de las Jornadas.

Pablo J. Boczkowski es profesor en la Escuela de Comunicación de Northwestern University en EEUU y co-director del Centro de Estudios sobre Medios y Sociedad en Argentina, con sede en la Universidad de San Andrés, Buenos Aires.

Para mayor información, ver: Pablo Javier Boczkowski Department of Communication Studies, Northwestern University.

Gabriela Medín.- Me interesa conversar acerca del modo en que los nuevos medios de comunicación afectan a los sujetos. En particular, acorde al tema de las Jornadas, me gustaría que podamos dialogar acerca de los usos de los medios y el modo en que afectan la identidad.

Sabemos que el sujeto toma significantes, toma trozos del Otro para construir su identidad. Ese Otro no se refiere sólo a sus Otros significativos sino también a los contenidos simbólicos que la época ofrece. En este sentido aquello que se ofrece a través de los medios de comunicación es parte de ese Otro.

A lo largo de la historia, en diferentes épocas, ha habido distintos medios de comunicación dominantes o con mayor penetración. Hace veinte años eran los periódicos y la televisión, actualmente ¿son los medios digitales y las redes?

Pablo J. Boczkowski.- Así es, cada época histórica tiene tecnologías de la comunicación que en cierto sentido la definen. La imprenta fue dominante hasta inicios del siglo veinte. El surgimiento de la telefonía fija y la radiodifusión marcaron el siglo veinte, y desde los albores del siglo veintiuno asistimos a la combinación en el uso de tecnología digital, telefonía móvil y los medios sociales. Esta modalidad de uso es muy importante y ha estado asociada a cambios importantes en las relaciones entre las personas y la constitución de la identidad. Las consecuencias ya se visualizan en una amplia gama de dimensiones de la vida colectiva, desde los vínculos románticos hasta la actividad política.

GB.- Los medios digitales han “democratizado” la producción de contenidos, es decir que cada quién puede producir y dar a conocer sus contenidos. Esto introduce un cambio fundamental en el modo en que cada sujeto usa esos medios. Así como pueden alienar, pueden permitir invenciones. ¿Qué habéis encontrado en vuestro trabajo de campo?

PJB.-Los medios sociales han ciertamente democratizado la posibilidad de producir contenidos, pero esto no se ha traducido directamente en mayor equidad en la distribución de la atención. Esto es, si bien mucha más gente puede producir contenido y darlo a conocer, la mayoría de los usuarios concentra su atención en un manojo de sitios. De hecho, investigaciones de distintos colegas han mostrado que los medios digitales son los más concentrados dentro del ecosistema de medios (más que la televisión, la radio y la prensa gráfica, por ejemplo). Esta paradoja introduce ciertas limitaciones a los relatos de tipo utópico respecto del poder transformador de los medios digitales.

A nivel subjetivo, sin embargo, la ilusión de un público más extenso que el público de las interacciones cara-a-cara muchas veces lleva al sujeto a dedicar gran parte de su atención al contexto digital en detrimento del contexto cara-a-cara. Ambos contextos no son dicotómicos en principio y pueden retroalimentarse mutuamente, pero en lo que hace a la distribución de la atención (como entidad finita) a veces tienen una dinámica de ‘suma cero’ en la que el tiempo / la atención destinado a lo digital es tiempo / atención no destinado a lo cara-a-cara.

GM.- Me ha gustado mucho vuestra propuesta de pensar a las redes sociales, no como un medio de comunicación sino como un lugar, un ambiente donde transcurre la vida de los usuarios. Y habéis propuesto un “lugar” tipo a cada red según sus características y el tipo de actividad y vínculo con los otros que promueve. ¿Nos puedes contar un poco acerca de esa investigación?

PJB.-Lo que hemos encontrado en nuestras investigaciones es que desde la experiencia subjetiva de muchos individuos, especialmente los más jóvenes, las redes sociales han pasado de ser “objetos” (artefactos, herramientas, etc.) a pasar a ser entornos en los que se enmarca la vida cotidiana. Esto es afín al modo en que los entornos naturales y urbanos enmarcan desde un punto de vista subjetivo la vida de las personas, y apunta a una ruptura histórica, a un cambio de época porque nuestra vida cotidiana pasa a desenvolverse en tres entornos (en lugar de los dos que la enmarcaron durante muchos siglos).

Estudiando el modo en que las personas utilizan las distintas redes sociales, hemos encontrado que usualmente lo hacen de manera reflexiva y estratégica, y que han ido surgiendo perfiles distintos que caracterizan a cada red. Facebook es como una gran avenida, o un gran mercado al aire libre: un espacio masivo, donde se mezcla lo íntimo con lo anónimo, lo relacional con lo transaccional. Instagram es como un gran desfile: un espacio marcado por la profunda estetizacion de la imagen, en el que el exhibicionista se encuentra con el voyeur. Twitter es como un mini-mercado centrado en la información: un espacio donde el intercambio está centrado en los datos y las noticias, y la sociabilidad surge como resultado de estos intercambios. Snapchat es como un carnaval: un espacio lúdico y fugaz, fundamentalmente centrado en la comunicación visual que mezcla la parodia y lo grotesco. WhatsApp es como un gran café: un lugar de encuentro con relaciones más cercanas, donde el tiempo pasa casi sin darse cuenta y donde llevamos a cabo una amplia gama de relaciones, desde las amorosas hasta las parentales, y desde las laborales hasta las familiares.

GB.- Estos nuevos medios también implican la relación con los otros, los nuevos modos de comunicación afectan la relación con los otros. Ya no sólo las redes, sino los chats y en especial el WhatsApp introducen modos de lazo impensables hace 15 años. En la clínica, por ejemplo, recibimos adolescentes cuyas relaciones transitan en gran parte a través del WhatsApp y esa modalidad de texto adopta formas singulares que tienen relación con sus síntomas. Por otro lado, la instantaneidad de respuesta que permite y la posibilidad de saber si el otro lo ha leído, facilita un lazo de estar disponible siempre, inmediatamente y si no algo pasa. Pasa a ser “normal” el estar pendiente de la respuesta del otro. Antes lo habitual era esperar, se necesitaba un tiempo para recibir el mensaje y otro para recibir la respuesta. Este tiempo se ha ido acortando desde las cartas escritas, el mail y ahora el WhatsApp. ¿Habéis encontrado en vuestras investigaciones algo en este sentido?

PJB.- Sí, tenemos hallazgos en la misma línea. La expectativa de los tiempos de respuesta se ha acortado, así como la dependencia respecto de la necesidad de respuesta del otro. En especial entre los más jóvenes, se ha vuelto muy difícil desconectarse de las redes, lo cual en definitiva es desconectarse del otro. Esta mezcla de aceleración en la práctica comunicacional e intensificación en la expectativa de respuesta genera tanto la ilusión de estar permanentemente conectados (cuando la modalidad de vínculo es correspondida) como la ansiedad frente a la espera (cuando la modalidad no es correspondida). Es definitivamente un síntoma de época.

GB.- Desde el psicoanálisis podemos ubicar que cada época tiene sus síntomas, por ejemplo las histéricas de hoy no tienen la misma presentación que las histéricas de Freud, hay ciertos síntomas en los jóvenes como los cortes en el cuerpo que no nos llegaban a la consulta hace diez años, etc. De la misma forma, a partir de pensar el uso subjetivo de las tecnologías, me animaría a afirmar que las características del medio promueven ciertas formas sintomáticas. ¿Qué opinas de eso? Me has comentado algunos hallazgos en vuestras investigaciones, respecto de la “dependencia”.

PJB.- Si, como te decía en la respuesta anterior, hemos encontrado una fuerte dependencia en muchos individuos a la combinación entre el dispositivo celular móvil y las redes sociales. En realidad, la dependencia es al otro, no a este ensamblaje tecnológico (que sólo cumple la función de facilitar la conexión a los otros). En la práctica esta dependencia se manifiesta por ejemplo en la angustia que genera olvidarse el teléfono celular al partir para el trabajo a la mañana (que suele estar asociado con volver del trabajo para buscarlo, no a dejarlo en el hogar) o la dificultad de cortar la conexión a las redes durante reuniones laborales, actividades académicas o incluso de entretenimiento. Con respecto a estas últimas, esto se ve en la dificultad cada vez mayor de mantener apagado el teléfono celular en el cine o el uso creciente de estos dispositivos en los recitales de rock, donde a veces no queda claro si las personas asisten a los mismos para disfrutar del evento en sí (y grabarlo para revivir la experiencia posteriormente) o lo hacen primariamente para transmitirlo ‘en vivo’ a sus contactos en las redes.

GB.-Por último, sabemos que has trabajado intensamente en un libro de próxima aparición que trata acerca del rol de la prensa y los medios sociales en las últimas elecciones americanas en las que triunfó Trump. ¿Nos puedes adelantar alguna de las hipótesis que habéis trabajado, respecto de la influencia de las redes en la política? (Si prefieres darle otro enfoque me lo dices. )

PJB.- Desde finales de 2015 he estado reflexionando e investigado sobre las redes sociales en la actividad política, especialmente en el contexto norteamericano. Uno de los hallazgos es que durante la campaña presidencial de 2016 las redes fueron para Donald Trump una serie de contrapeso respecto del mayor poder que Hillary Clinton tuvo en los medios de comunicación. Esto significó una ruptura histórica, ya que en los dos ciclos electorales anteriores el Partido Demócrata tuvo un desempeño muy superior en las redes sociales que el Partido Republicano. La performance mediática de Donald Trump estuvo en cierto sentido optimizada al lenguaje de las redes, en especial de Twitter, y encontró una potente caja de resonancia en buena parte del electorado. El triunfo de Donald Trump en la contienda electoral del 8 de noviembre de 2016 ha llevado a muchos analistas políticos y de medios a interrogar las causas de un fenómeno inesperado para algunos. Junto con mi colega Zizi Papacharissi, de la Universidad de Illinois en Chicago, decidimos hacer una compilación al respecto, que publicara MIT Press en abril de 2018 bajo el título Trump and the Media. Allí, más de una veintena de especialistas en medios, tecnología y política analizan distintos aspectos de la relación entre la contienda electoral, los primeros meses de la administración, los medios de comunicación y las redes sociales.

 

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