Selfie, del inglés “Yo mismo”, ha sido seleccionada como la palabra del año por los Diccionarios Oxford, la referencia del idioma ingles. Es el término dominante que define un autorretrato, “una fotografía que uno se ha tomado, generalmente con un teléfono inteligente o una cámara web y la publica en el sitio web de alguna red social”, según se lee en esos Diccionarios.

La extraordinaria precisión que ofrece la técnica, por un lado y las redes sociales, por otro, han colaborado en la extensión del fenómeno, que desde luego, me interroga: ¿qué vehiculiza su uso? ¿A qué sirve? Además de soporte material que permite crear las más diversas imágenes que se supone colman el yo ideal, al que aspira el sujeto que desea y goza, debe de haber otros fines que alientan su uso.

Desde las más riesgosas, más bellas, más originales, hasta las íntimas, provocadoras, imposibles, en las que el pudor y la vergüenza no están en primer lugar.

Destacan por el afán de encontrar desesperadamente aquella que sorprenda, atraiga, rescate de la masa uniforme del TODOS, a la vez que lo incluya en la uniformidad, por el rasgo común por el que supone salir de su propio aislamiento.

El cuerpo es quien se expone a la mirada. Cuerpo y mirada, dos términos dominantes en el fenómeno. Cuerpo dado a ver a un Otro supuesto mirón, voyeur. Ante quien habrá que adornar la falta. O provocarla.

¿Qué se muestra en el cuadro al que esa imagen da cuerpo? ¿Qué empuja a esa iteración que parece pedir cada vez un “más”, sin apaciguarla? ¿Qué tiene en común y cuál es la diferencia con el autorretrato que nos regala el pintor, en su obra?

Interrogan el estatuto del cuerpo, tal como ha devenido a consecuencia de ese desvanecimiento, de lo que hace función de nominación.

Interroga si ello no muestra, en la fotografía que congela el instante, la experiencia del desajuste entre la sensación deformada del cuerpo vivido y la imagen, fascinante forma armónica, unidad que protege recubriendo ese punto real que presiona. Allí la pintura de Bacon nos enseña.

En el medio, ¿qué encontramos? La experiencia de la falta de unidad, o quizás de ese cuerpo “que levanta campamento a cada rato”, como señala Lacan en El Sinthome, en su exigencia pulsional. Encontramos el objeto selfie como hallazgo que ofrece la duración de un instante de engaño.

Parece una vía propia donde el enunciado de “yo-mismo”, indica el desdoblamiento del sujeto entre lo que experimenta y lo que espera recuperar en el encuentro con esa alteridad a la que se aferra.

Es muy sugerente la animación de Steve Cutts (1) en la que capta este doblez, a la que todo ser que habla no deja de estar subordinado y en la que el yo se regocija.

¿Qué diferencia el autorretrato del pintor y el selfie? La tarea del pintor no se ocupa de la medida ideal de la Figura. Hace detenernos en esa anticipación que le es tan propia al arte y que más tarde, descubre el psicoanálisis: el cuerpo se muestra en lo indecible de una envoltura que da a ver y a la vez, cubre.

La actualidad del selfie, para todo ser que habla y tiene a su alcance la técnica, la pienso más íntimamente ligada a la debilidad del cuerpo que se tiene y nos tiene. Podemos traducir así uno de los síntomas modernos del desorden que impone lo simbólico en lo real, y la perturbación que por ello sufre lo imaginario, cuyos bordes pierden su limite.

Mónica Unterberger, 28 agosto 2017.

 

  1. http:www.stevecutts.com/animation.html

 

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