Una llamada de teléfono anticipa, lo que será el discurso de un sujeto fijado a un significante Amo. En este caso una marca insondable, que encarnada en el discurso médico deviene fatalidad.

La madre comentará en esa primera llamada que su hijo padece TDAH, tal como auspició un médico; la causa de ello: la prematuridad del nacimiento. Es decir, como secuela irreversible de esta anticipación se inscribe el diagnóstico: TDAH. Ello se fija a la subjetividad y funciona como un nombre propio, como un operador rígido. Y por supuesto inamovible.

Esta forma oracular que vino del Otro, hizo estallar entonces, la locura.

¿Podría entenderse esta nominación tan primaria en este niño como una insignia que marcará algo esencial del devenir de este sujeto?

Lacan nos dice: “Lo dicho primero decreta, legisla, “aforiza”, es oráculo, confiere al otro real su oscura autoridad” (1).

Será entonces la insignia de ese significante “trastorno TDAH”, que se volverá omnipotente y omnipresente para esta madre y dejará la sombra siempre presente de un real que irrumpe cada vez que este niño irá franqueando las vicisitudes de su crecimiento. Y vemos en ese devenir la verificación del estigma.

Será un significante por fuera de todo significante, que se presentará como no dialectizable para la madre y por tanto, orientará y comandará el devenir de este niño.
Es la característica nominal que por su incidencia traumática del goce materno puesto aquí en juego, deviene real. Un sin salida que augura ya desde el inicio un cuerpo tomado y atrapado en su más pura agitación.

Es sabido que ese significante que viene del Otro, podría haber sido tomado de otra manera por la figura que encarna al Otro primordial. Pero sin embargo, en este caso, parece haber sido escuchado con demasiada contundencia; lo que operó como un real en esta madre y por supuesto en el hijo que parece no haber tenido otra opción que ser “un trastorno TDAH” o por lo menos así ha sido hasta el momento del encuentro con un psicoanalista. Que hasta donde puede, trata de introducir una X contraviniendo la rigidez de la identificación.

Esta particularidad del caso, permite igualmente remitirnos a que en muchas ocasiones y teniendo en cuenta las diferencias, muchas veces nos encontramos en nuestras consultas con estas nominaciones, estos “falsos nombres” que aparecen tan potentes, tan contundentes en el discurso; que se convierten en inamovibles; como sello de una identidad que cristaliza al sujeto y se pierde en la catarata de los aspectos descriptivos de dicho trastorno, cualquiera sea.

Sin embargo lo que se presenta tan contundente en este ejemplo es que justamente la clasificación prematura del trastorno impidió la aparición de un sujeto; tal como señala J.-A. Miller al respecto; en el hecho que, la orientación clasificatoria no ha hecho otra cosa mas que anular la existencia de la subjetividad; no ha habido lugar a ello; y en este caso se muestra con la característica irremediable de lo insondable. Y aunque el caso, atravesado por esta enorme dificultad no nos hace retroceder en buscar, en la medida de lo posible, el vacío que posibilite otra solución.
Sabemos que es función del psicoanalista brindar la posibilidad de que otra cosa pueda surgir; la identidad como marca clasificatoria deja fuera lo más propio; y por tanto una dirección que vaya a la inversa de cualquier tipo de catalogación y encasillamiento, podría permitir en este caso, aplacar la inquietud de este cuerpo y encontrar un pequeño nombre, que apunte más a la medida del parlêtre.

Ruth Pinkasz.

 

  1. Lacan, J. “Subversión del sujeto y dialéctica del deseo” Escritos, Vol. II. Buenos Aires, Siglo XXI, 2003, P. 787.

 

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