IDENTIDADES QUE HABLAN AL CUERPO

Por Enric Berenguer.

Si lo simbólico ya no es lo que era y lo real para el siglo XXI es sin ley, ¿qué le queda al ser hablante, qué es lo que todavía le dice algo? A falta de situar cada uno en sí el eco de un decir propio, encuentra identidades que lo conmueven, palabras que hablan a su cuerpo, nombres que nombran lo que se resiste a ser dicho.

Ya no estamos, en gran medida, en la época del Otro que no existe y sus comités de ética. El espacio que aquél dejó vacío se ha ido poblando. Se trata ahora, más de bien, de una época de Unos que ocupan su lugar –Unos a quienes los comités de ética les importan un pimiento.

En la política, vemos el auge de figuras que, de formas diversas, basan su influencia en su capacidad para conmover. Hablan a las tripas, se dirigen a la angustia generalizada. Pueden apoyarse en identidades religiosas o nacionales, pero lo que les da su consistencia particular y los hace efectivos es el modo en que encarnan y exhiben un plus de gozar, su desafío abierto a ciertos límites, en particular los límites de la vergüenza. Pero también los límites del consenso, de la mediación, incluso de la paz.

Una multitud puede ofrecerse como cuerpo para hacer resonar ese goce de tinte maníaco, para sentir el entusiasmo de encarnar una verdad cuya fuerza se extrae, ante todo, de denunciar como falsa alguna otra, mejor incluso de destruirla. Goce también de hacer caer algún ideal, descubierto como un semblante más. En esos instantes de resonancia, eternos mientras duran, goce y sentido parecen reconciliarse.

Pero la misma disponibilidad del sujeto contemporáneo para verse arrastrado a esos instantes es efecto de una incertidumbre generalizada, de la pérdida de peso de los significantes capaces de representar al sujeto ante otro significante. Se puede afirmar ya que la entrada en la era digital ha supuesto la aceleración de una tendencia ya marcada desde lo que se llamó postmodernidad.

Laciencia (1) ocupa en todo ello un lugar paradójico y al mismo tiempo decisivo. Instrumento eficaz de disolución de los semblantes, de conmoción de ideales y de identificaciones, sirve también para construir nuevas identidades –ya sean “diagnósticos” o categorías de género– basadas en su modo de nombrar algo del cuerpo destinado a ocupar el lugar de un real. Ella también habla al cuerpo, y su poder de convicción depende en gran medida de la disposición del sujeto contemporáneo a buscar en sí mismo elementos de confirmación de un discurso poderoso y prestigiado en la medida misma de su poder de disolución. Se trata ahí de encontrar en el propio cuerpo signos que se adecuen a esos significantes. Es posible, de este modo, entregar con entusiasmo el cuerpo de uno a laciencia –algo que antes se esperaba a hacer una vez muerto, en lo que Jeremy Bentham fue también un pionero.

Lo que está en juego en estos nombres es un falso real. Pero su verosimilitud en cuanto tal proviene de que saben hacer uso de ciertos elementos de lo imaginario del cuerpo, además de poner en juego significantes que son capaces de evocar alguna particularidad del sujeto, apuntando incluso a un goce que permanece opaco.

Es preciso reconocer fenómenos complejos, cuyas aristas es necesario conocer, si queremos escuchar al sujeto contemporáneo, interpretar las demandas que nos dirige como analistas, las cuales adquieren formas que de entrada parecerían excluir toda posibilidad de cambio.

Pero no podemos reprochar nosotros al ser hablante que, a su manera, quiera hacerse incauto de un real. Al fin y al cabo, hace bien en buscar un real como brújula, sólo que ha elegido mal. Pero podemos hacer lo posible para demostrarle que ese no es verdaderamente el real que le concierne a él como único. Y ello exige tomarnos el tiempo, bajo transferencia, de disolver la certidumbre engañosa de que el cuerpo más real del ser hablante es el cuerpo cuyas coordenadas es capaz de ofrecer laciencia.

A aquél que no se reconoce en los géneros hombre o mujer, no podremos sino darle la razón, convencidos como estamos de que género y sexuación no son del mismo orden. Pero lo invitaremos a resistir a la falsa salida de un “tú eres” cuya clave estaría en su genoma.

A aquélla que busca en el dolor de su cuerpo una certidumbre capaz de ahorrarle la insoportable levedad de la angustia, la ayudaremos a leer otros registros del dolor, que se confunden con ese otro, “físico”, que todo lo acalla con su estruendo, que todo lo confunde. No negaremos su dolor, todo lo contrario: la ayudaremos a bien decirlo.

En el que “no atiende”, elucidaremos modos distintos, rechazos de diversos órdenes, ayudando a situar mejor aquello de lo que el sujeto no quiere saber nada para dejar más libre el campo a todo lo demás.

Sea como sea, la interpretación que permite poner en forma un síntoma a partir de la fórmula opaca de un “yo soy tal cosa” no se puede llevar a cabo sin transferencia. Será preciso, en todos los casos, recoger en aquel intento del ser hablante algo legítimo. Buscaremos, incluso en lo que parece el error más grosero por su parte, un grano de verdad que espera, para tomar forma, a un decir más digno de ella.

 

  1. Optamos por escribirla así, como propuso hace poco Marie-Hélène Brousse, para mostrar que se trata de un fenómeno de discurso, no de la ciencia en sí, que de hecho se dice poco en singular.

 

 

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