LA ALTERIDAD A PRUEBA DE GUERRA

Por Guy Briole.

El guerrero moderno no escapa a la regla definida por Georges Dumézil: nadie hace la guerra por sí mismo, siempre la hace por cuenta de otro (1). Más bien podríamos decir del Otro. Ahí donde se cree único, solo es, de hecho, un instrumento de lo colectivo. Esta es una manera de plantear la cuestión de la alteridad y de las identidades en tiempos de guerra.

La causa de la guerra puede parecer fútil pero no lo es. La causa está en lo que no está dicho, en lo sobreentendido movido por un odio visceral del otro. Es esta la absurdidad de la guerra, un odio inextinguible del semejante que, a partir del narcisismo de las pequeñas diferencias (2), estalla a plena luz; algo ínfimo que produce millares de explosiones, de muertos, de cuerpos reventados, maltratados, de vidas desgarradas, de lazos humanos destruidos, de ciudades saqueadas.

Desobedecer, en acto

En la Guerra de Yom Kipur, nuestro colega israelí, Gabriel Dahan (3) dirigía uno de los pequeños bastiones construidos en la frontera entre Egipto e Israel, en el desierto. La orden que había recibido era resistir sin mover a sus soldados. Se enteró mediante uno de aquellos azares que podríamos llamar providencia, que el estado mayor había decidido sacrificarlos; se convertirían en los héroes gracias a los cuales se habría podido ralentizar la progresión del ejército enemigo. Decidió abandonar el bastión con sus soldados en dirección de Jerusalén. Su acto fue un acto de desobediencia que salvó la vida de aquellos hombres y la suya; fue la elección de la vida y no la del heroísmo. Este acto lo cambió, lo transfiguró, hasta el punto de que su madre ya no lo reconocía. Se había convertido en ese extranjero – para él y los otros – que la guerra fabrica.

Lo real con el que se ha producido un encuentro toca a la alteridad y ataca las identificaciones; el ser es entonces reducido a una identidad que permite alojar al sujeto en una categoría en la que, de ahora en adelante, podrá ser contado entre otros idénticos. Más precisamente, es reducido a ser semejante a otros identificados.

La guerra de cara

Para entrar en a cuestión de la identidad, empezaré con la primera parte del libro de Martha Gellhorn, que concierne a la guerra de España, El rostro de la guerra (4). En francés el título es: “La guerre de face”. No es, precisa ella, la guerra en frente, que centraría la cuestión en la mirada, sino más bien de cara, para insistir en esa alteridad que se encuentra en el rostro, como lo subraya muy bien Emanuel Levinas en su obra.

M. Gellhorn, en uno de sus reportajes –escrito en noviembre de 1938– empieza con esta frase sorprendente, anacrónica: “En Barcelona, hacía un tiempo ideal para los bombardeos.” (5) Esta frase, tan profundamente absurda, resalta muy bien de qué modo esta guerra marcó un cambio radical en las guerras; particularmente después de la Primera Guerra Mundial, en la que existía un frente claro: los soldados en ese frente, los civiles en la retaguardia.

Con la guerra de España, los civiles ven llegar la guerra a sus hogares. Las ciudades son los nuevos campos de batalla. Madrid, Guernica, Barcelona y otras fueron bombardeadas. Después serán destruidas Dresde, Hamburgo y Berlín, más tarde Beyrouth, y lo mismo ocurre hoy también con Alepo, Palmira, Raqqa, etc.

En estas guerras, el tiempo se reduce, el espacio se compacta y la distinción de los bordes se hace cada vez más compleja. La duda se instala respecto al vecino, al amigo de ayer, los más cercanos en las familias desgarradas.

Se puede llegar a ser denunciado, asesinado a la vuelta de la esquina. Es, dice M. Gellhorn, “una guerra abierta, íntima”: para todos la contingencia, la proximidad, la intimidad son entonces significantes de la guerra. Pero todavía hay más, la guerra alojada en el centro de una ciudad, de una familia, de lo que reagrupa a los individuos, mata, destruye, lo devasta todo, como las bombas, de manera indiscriminada (6).

La pesadilla de lo mismo de uno mismo en el otro se apodera de cada uno: la identidad se fija en lo arbitrario, la alteridad se hace mortal.

La identidad: permanencia y ruptura (7)

La identidad es transversal a los diferentes modos de discurso. Digamos que la identidad es lo que persiste, lo que constituye una continuidad de un ser. Plantea la relación de uno con lo mismo y lo otro. En este sentido, esta noción de identidad sugiere una aparente paradoja: es, a la vez, lo que en una cultura ha determinado a un sujeto, lo que lo hace entonces idéntico a los otros, y lo que hace que sea uno, único (8). Es una permanencia a pesar de los cambios (9).

¿El traumatismo de la guerra puede llegar a romper esta continuidad que inscribe a un sujeto en una historia determinada?

“El encuentro es algo que ocurre entre extranjeros”, subraya Levinas (10). Es salida de sí mismo, ruptura del conatus essendi —el esfuerzo de ser que Levinas adapta de Spinoza— y confrontación con un otro marcado por una “irreductible inquietud”. La puesta en presencia con otro genera siempre inquietud: ¿Cómo estará hoy?

Modi essendi es el modo de ser. El conatus es, en Spinoza, el esfuerzo para existir, para hacer permanecer algo de lo íntimo de cada cosa. El Conatus essendi que inventa Levinas es el esfuerzo para hacer existir el ser.

La identificación es una salida del sí mismo que hace que la identidad se anude en la relación con el Otro; que el ser se anude con el Otro. Es el retorno de lo mismo —lo real que vuelve siempre al mismo lugar— lo que expone al sujeto a la posibilidad de la contingencia.

En el encuentro con un real, particularmente en la guerra, en lo que este encuentro puede llegar a irrumpir violentamente en una vida, esta identidad continua puede ser cuestionada de nuevo, sumergiendo al sujeto en los horrores que suceden al mal encuentro, llevándole al exilio de los otros y de sí mismo que hemos subrayado. En la ruptura existencial se produce la fractura respecto de los otros y que el sujeto traumatizado viva con un sentimiento de extrañeza entre los suyos. Es una de las formas del tormento que invade y tortura a los que han pasado por esta experiencia.

La lectura de Levinas me ha permitido dar otro lugar, una fuerza particular, al rostro allí donde, en el trauma, se insiste más en la mirada que nunca se olvida. Sin embargo, “la presentación, la expresión del rostro, no revela ningún mundo interior.” (11) El rostro contiene la mirada y, para los que estuvieron en frente, los que han hecho frente a aquél que hubiera podido matarlos es, en una fracción de segundo, la identidad de ese otro, que fue buscada en el rostro como si hubiera en él la posibilidad de un último recurso. Más allá, es el fulgor de la mirada lo que irrumpe.

El encuentro con el rostro del prójimo constituye una experiencia fundamental, que no es solo una aprehensión de la forma —puesta en cuestión sin cesar— sino que, a la vez, es una experiencia de la alteridad y de la trascendencia (12). Es también, en esta presentificación, el otro que hay que destruir al mismo tiempo que algo que lo trasciende: la prohibición de matar. “El otro [autrui] es el único ser al que puedo querer matar”(13), a lo que objeta la imprevisibilidad de la reacción que no está articulada con una fuerza de resistencia, sino con el infinito de la trascendencia (14) Así, el rostro es a la vez, por su evidente vulnerabilidad, llamado al asesinato y prohibición, mandato de no matar. Matar al otro no lleva a lo finito sino a lo que se escapa, precipitando a la impotencia. Tener derecho a la vida o a la muerte sobre el otro puede otorgar ese sentimiento de omnipotencia que, una vez se le ha “dado” muerte, deja con la impotencia resultante de haberlo hecho desaparecer.

La identidad impuesta

Hace dos años, en una Jornada de homenaje a Neus Català organizada por la Fundació Cassià Just, hablé de tres mujeres: Aravni Messerlian (16), Marceline Loridan-Ivens (17) y Neus Català (18): tres mujeres, tres recorridos y, en las tres, los mismos encuentros con la deshumanización, la crueldad sin límite, la violencia, el mismo horror…

Para Aravni, una joven armenia, había que sobrevivir, sin dejarse deslizar hacia el insostenible alivio de que es otro el que está muerto y no tú, sin dejarse atrapar por el espejo de este mundo de atrocidades. Escapar con la poca fuerza que queda a la captación de aquella identidad inmunda.

Marceline, después de haber vuelto de Birkenau, siguió viviendo, tomando los días uno tras otro “como lo aprendí allí”, nos dice, manteniéndose a distancia de la compasión devastadora de los demás. Sobre todo, sin entrar en el prêt-à-porter de la identidad para todos; la de los supervivientes.

Neus se acuerda a menudo de su pueblo catalán. Pero también de qué largo y qué corto fue, al mismo tiempo, el camino que, partiendo de Catalunya, la condujo a Ravensbrück. El dolor, el hambre, el frío, las violencias, permanecen en la memoria, pero lo que queda como marca, como interrogación, es lo que sucede cuando dos mujeres kapos arrastran y pegan salvajemente a una mujer. Más precisamente a su cadáver. En su ceguera sanguinaria, ¡ni se dieron cuenta de que estaba muerta! “¿Qué pudo haber llevado a aquellas mujeres a actuar así? Me lo pregunto sin poder imaginarme una respuesta sensata”(19) Una identidad devastada por una identificación imposible.

La alteridad en cuestión

Todas las guerras son guerras civiles. Es siempre a otro “sí mismo” a quien uno mata en la guerra, un hermano. Esto nos recuerda al grito que Henry Dunant —fundador de la Cruz Roja— lanzó en Solferino, en el campo de la espantosa batalla que produjo en un día 40.000 muertos y heridos: Tutti fratelli ! También nos recuerda a la película de François Ozon, Frantz.

Es que “la guerra tiene una causa profunda que tiene que ver con la alteridad” (20).

Lacan insistió en la relación inicial de todo sujeto con un otro primordial, el del «conocimiento paranoico» del mundo (21). Más allá de esta confrontación, el sujeto ha logrado existir sobrepasando la radicalidad “del ‘tú y yo’ permanente de una guerra en la que está en juego la existencia del uno o el otro […]” (22). Así persiste en el inconsciente lo que engendra la violencia del instinto de muerte freudiano, “el asesinato imaginario del hermano.” (23).

Los hombres y la abyección de la que pueden ser capaces permanecen inalterables. La guerra no explica nada, tan solo delimita un contexto donde lo peor del hombre se desencadena contra su semejante.

Freud piensa que, a pesar de los efectos de la civilización y de la educación, “las malas inclinaciones inherentes al hombre” tienden a proseguir su curso y a manifestarse con toda su virulencia. No desaparecen, jamás serán erradicadas. “En realidad, no hay ningún ‘exterminio’ del mal.” (24).

Traducción: Helena Torres

 

  1. Dumézil G., Heurts et malheurs du guerrier. Paris, Flammarion, 1985.
  2. Freud S., “El malestar en la cultura”, en Obras Completas, vol. 3. Madrid, Biblioteca Nueva 1981.
  3. Dahan G, “La guerra de Kipur: fragmentos de una experiencia de mando”, en El psicoanálisis en la hora de la guerra, Buenos Aires, Tres Haches, 2014, pp. 13-22.
  4. Gellhorn M., El rostro de la guerra, Madrid, Debate, 2000.
  5. Gellhorn M., El rostro de la guerra, op. cit.
  6. Idem.
  7. Briole G., « El otro en mí: una insistencia de lo real”, Identidad y trauma – Jornada del Departamento de psicoanálisis, Paris 8, 9-01-2017, publicación prevista en Freudiana nº 80.
  8. Lalande A., « Identique, identification, identité » en Vocabulaire technique et critique de la philosophie, Paris, PUF, 1983, p. 453-458.
  9. Hume D., Tratado de la naturaleza humana, I, IV, secc. 2 y 6. Barcelona, Orbis, 1984.
  10. Levinas E., « La proximidad del otro », en Alteridad y trascendencia, Madrid, Arena Libros, 2014, p. 79.
  11. Levinas E., « La proximidad del otro », op. cit., p. 238.
  12. Idem, p. 44-45.
  13. Levinas E., Totalidad e infinito, Salamanca, Ediciones Sígueme, 1977, p. 220.
  14. Levinas E., Totalidad e infinito, op. cit., p. 221.
  15. Briole G., “La parte de humanidad rescatada de la masa”, La vida y sus acontecimientos traumáticos, Organización de la Fundacio Cassià Just, Barcelona, Auditori Caixa Forum, 17.09.2015.
  16. Toranian V., L’étrangère. Paris, Flammarion, 2015, 238 p.
  17. Loridan-Ivens M., Y tú no regresaste. Barcelona, Ediciones Salamandra, 2015, 92 p.
  18. Català N., Cenizas en el cielo. Historia novelada por Carme Martí. Barcelona, Roca ed., 2012, 358 p.
  19. Català, N., Cenizas en el cielo, op. cit., p 141.
  20. Briole G., “En las fauces de la guerra: arrancamiento”, en El psicoanálisis a la hora de la guerra, op. cit., p. 101.
  21. Lacan J., “Acerca de la causalidad psíquica”, en Escritos 1. Siglo XXI editores 1984, p. 170.
  22. Lacan J., “La cosa freudiana”, en Escritos 1, p. 411.
  23. Lacan J., “Los complejos familiares en la formación del individuo” en Otros escritos, Buenos Aires, Paidós, 2012, p. 50.
  24. Freud S., “Consideraciones actuales sobre la guerra y la muerte”, en Obras Completas, vol. 2 Madrid. Biblioteca Nueva, 1981.

 

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